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El rayo Olaechea

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Hasta ahora, el rayo de Olaechea (el de verdad) ha venido replanteando nuestra agenda nacional ocupándose de todos estos temas caros a la democracia, porque —más allá de un "meme" o un "chistecito" ingenioso que celebra un cambio cosmético— urge la recuperación de la imagen del Congreso y de sus garantías para la institucionalidad.



El “rayo pudiente” es una particularísima forma de “meme” peruano por el cual un determinado personaje público de moda, a través de un haz de luces que nace en sus ojos, convierte a otro personaje en alguien diferente pero en consonancia con la personalidad de quien lanza el rayo. Por ejemplo, Denisse Dibós lanzaba un par de rayos a Melcochita y lo transformaba en Philip Michael Thomas (el galán de los 80 de Miami Vice) o en Tom Jones ( el inmortal cantante de It’s not inusual). En otras palabras, el chiste del rayo pudiente es que tiene el poder de “mejorar” a quien le cae y, seguramente –aunque los involucrados le hayan dado la dimensión de broma que corresponde y se hayan reído con la correa necesaria para ello– no faltarán los sociólogos, antropólogos, feministas o científicos sociales que ven en ello “clasismo”, “racismo” o “sexismo” propio de sus rollos ideológicos.

Al presidente del Congreso también lo acaban de hacer fuente del “rayo pudiente” en Twitter: https://twitter.com/OlaecheaRayo Esto a raíz de una declaración sobre que las señoras se relajan en las peluquerías, contada como una anécdota para ilustrar que las pymes empezaban a sentir los efectos de la paralización económica del vizcarrismo porque menos señoras se iban allí a soltar las trenzas del estrés, como muestra de que el país se estaba yendo por mal camino. Así por ejemplo, en uno de los memes el “rayo pudiente” de Olaechea transforma a un congresista promotor de las causas LGTBI en Edna Turnblad (personaje al que da vida un magnífico John Travolta en Hairspray, versión cinematográfica del musical de Broadway, metiéndose literalmente en las gruesas carnes de un ama de casa de espectacular peinado sesentero, loca por la danza, la música y por su hija. Toda una apología contra la discriminación, el clasismo y el racismo, por si acaso).

Pero más allá de los chistes y los memes que van saliendo sobre el “rayo Olaechea” o el “rayo Pudiente”, la virtud de un haz de luz que hace cambiar a la gente no es poca cosa. Por ejemplo, si el rayo Olaechea pudiera hacer entender a los cientos de miles de electores para qué sirve el Congreso en una cultura de la libertad y de civilización, sería un éxito. Es decir, iluminar con el rayo Olaechea a un ignorante (aquel que desconoce para qué sirve una cosa o cuál es su significado) que no sabe que sin Congreso no hay leyes –y que sin leyes no hay orden, respeto a la iniciativa privada o pública, a las libertades fundamentales del ser humano y, sobre todo, al progreso y la riqueza de las naciones– y hacerle entender lo importante que es para él, su familia y sus negocios un Congreso que, como decía Confucio, mientras menos leyes haga mejor.

Por último, como según las estadísticas en democracia pocos son los sabios y muchos los ignorantes (“el mejor ejemplo contra la democracia es hablar 5 minutos con un votante promedio”, decía Winston Churchill), el pueblo puede renovar a sus representantes en la aspiración de buscar a alguien mejor para el siguiente período.

Otra de las virtudes del “rayo pudiente” versión Olaechea podría ser hacerle entender al pueblo que paga impuestos hasta por la compra de un caramelo que es el Congreso el depositario de los fondos públicos y que es este el que decide cómo y dónde se gasta esa plata a propuesta del gobierno. Hasta las familias más humildes entienden lo que significa un presupuesto, por lo que el logro del “rayo pudiente” aquí sería afirmar en la cabeza de la gente común y corriente la importancia de que el Congreso apruebe un presupuesto equilibrado en el que los egresos (la plata que sale) no superen a los ingresos (la plata que entra) del país. Pero quizás lo más importante sea decir aquí que el dinero destinado para mantener al país sea bien gastado en el pueblo y sus necesidades para promover el comercio, la infraestructura, la educación y la ciencia, la paz y la seguridad. Punto.

Y si se me permite sobre lo anterior una última cuestión, sería genial que se entendiera que lo que cuestan los congresistas (buenos o malos, que el mismo pueblo eligió con su voto), son “centavos” comparados con los MILLONES que cuesta el presupuesto nacional (que para remate el gobierno nacional, los locales y regionales casi nunca ejecutan; apenas la mitad). Y que habiendo comprendido esto, a las campañas de la prensa les resulte imposible engañar sería entonces otra de las hermosas transformaciones del rayo Olaechea.

Finalmente, el “rayo pudiente” debería hacer entender al pueblo –pero sobre todo a los gobiernos– que entre una de sus potestades más importantes pero menos gratas está siempre la fiscalización. A los gobiernos NUNCA les gusta que los fiscalicen y SIEMPRE hacen pasar fiscalización por OPOSICIÓN u OBSTRUCCIÓN. De ahí que gracias a la publicidad estatal que el gobierno reparte sin ningún criterio técnico a los medios afines (el TC ordenó que los impuestos de todos los peruanos fueran a parar a la publicidad estatal) se diseñen campañas publicitarias contra el Congreso, para dejarlo como responsable de todos los males del Perú o como si hubiese sido elegido para gobernar y “hacer obra”. Nada más falso.

Y así como el Congreso es fiscalizado por el poder de la prensa, dejo abierta la pregunta sobre quién fiscaliza las ingentes cantidades de dinero que de parte del Ejecutivo van a parar a los medios de comunicación por concepto de publicidad estatal. Recordemos que, mañosamente, quisieron etiquetar la Ley Antimermelada como un ataque a la libertad de expresión y luego de seis meses lograron que se les volviera a abrir el caño. ¿El llamado “cuarto poder” es acaso absoluto? Ya dijo lord Acton que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Hasta ahora, el rayo de Olaechea (el de verdad) ha venido replanteando nuestra agenda nacional ocupándose de todos estos temas caros a la democracia, porque –más allá de un “meme” o un “chistecito” ingenioso que celebra un cambio cosmético– urge la recuperación de la imagen del Congreso y de sus garantías para la institucionalidad.

Foto: Congreso

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