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Opinión

El principito del fútbol

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Con la súbita renuncia a vestir la albiceste, Lio Messi intenta su jugada más difícil: convencernos de que no es un dios.



Era un pequeñín, acaso retraído, pero con un balón hacía girar el mundo. Parecía poseer el destino reservado a los príncipes excepto por un detalle, lindaba con el enanismo. Entonces el marketing familiar y empresarial puso en marcha un operativo intercontinental destinado a hacerlo crecer y ponerlo a jugar en Europa.

Tomó años: los padres tuvieron que separarse antes para reclamarlo desde España una vez obtenida la residencia. Años y dolor; sometido a un tratamiento hormonal cuyas consecuencias suelen verse recién después de los cuarenta que aún le son distantes. Él mismo tuvo que aprender a aplicarse en las piernas dolorosísimas inyecciones.

El dolor se volvió tan habitual en su existencia que terminó aprendiendo a llorar en silencio. Dichosos los animales que tienen organizaciones que los defienden cuando de ellos se abusa.

Y creció. Creció lo suficiente para brillar en el olimpo y en el trópico. Dos veces con sus goles, en Atenas y Beijing, aseguró la medalla de oro en Juegos Olímpicos. Y en el trópico, en casa, a casi nadie le importó. A Dios se le pedía el milagro mayor.

Y vaya si lo intentó. A un pueblo cercano a cumplir un cuarto de siglo sin título alguno (se mean en la de oro), él lo condujo tres veces consecutivas a una final. Él solito. De su mano llegaron, de su mano comían: así son los dioses. 

Pero al final… él terminaba siendo el villano. Como la otra noche ante Chile, donde le vimos hacer todo lo que habitualmente logra en el Barza. Solamente que no había un Neymar o un Suárez que la metan. Pero el culpable termina siendo él.

Por algo, esa noche no pudo más e intentó realizar la jugada más difícil de su vida: convencernos de que no era dios. Fallar el penal no había sido suficiente demostración de limitada condición humana. Qué solo estabas. 

Dichosos los mortales como Trauco o Cueva que fallan un penal y sus compañeros los abrazan de inmediato y son uno. Pero a dios solo se le acercan para pedir milagros.

La maquinaria de dinero no podrá vivir sin él. Hasta la esposa, pasado un rato, le regañará y en ese terreno no hay dioses que valgan. Pero hasta su retorno lo veo como al Principito. Un principito del fútbol orbitando solitario en su planeta mientras intenta domesticar una rosa.

Suerte con tu rosa, Principito del Fútbol, y ojalá la próxima vez seamos más amables contigo.

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