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El periodismo ha muerto

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Resumiendo: cuando el activismo se apodera de la prensa ya no hay periodismo, la posverdad se entroniza de los medios tradicionales y ya no se puede creer en ninguno.



En el fárrago de la información producida por el asilo solicitado por el expresidente Alan García y las reacciones que saturan los medios, ha pasado a segundo plano la última encuesta del último domingo en la que El Comercio da cuenta de que “la aprobación de Vizcarra sube cuatro puntos y llega a 65%”. Pero cuando me disponía a analizar la encuesta, caí en cuenta de un tema que me disuade siquiera de repasar las cifras de IPSOS. Pues la premisa desde la que se debe partir siempre para un análisis de ese tipo es la credibilidad de la información y, hoy más que nunca, al conglomerado del grupo El Comercio, más Alfredo Torrres e IPSOS no les creo ni lo que comen.

Así las cosas, resulta ocioso ponerme a sacar conclusiones de las cifras que reseña IPSOS y El Comercio porque para mí –y seguro para aquellos que desde hace mucho han dejado de comprar el diario– ambos tienen una agenda política e ideológica militante ajena a cualquier quehacer propio del periodismo, por lo que más que dudas tengo la certeza de que toda información que propala ese grupo empresarial tiene por objeto apuntalar sus propios intereses.

El gran drama del periodismo peruano y, en realidad, de la prensa internacional en la hora presente, es que se ha convertido en un foro activista y militante de cualquier cosa menos de la verdad y los hechos. Y no puede ser de otra forma en tanto que cualquier activismo y militancia convierten a un medio de comunicación en un panfleto, esto es, en un vehículo de propaganda contra determinada forma de ver el mundo o a favor de otra.

Aquí no estamos diciendo que un medio de prensa deba ser objetivo pues nadie lo es en la vida. La prensa, sin duda, tiene enfoques y eso es perfectamente legítimo. Pero la militancia y el activismo convierte a los periodistas y sus medios de comunicación en fanáticos y no hay nadie más ajeno a los hechos que el fanático, pues todo lo que diga o haga gira alrededor de una agenda propia.

Ejemplos al canto de aquí y de allá. Repaso un video en el que la señora Mávila Huertas, conductora de Canal N, pregunta sorprendida e indignada a sus invitados cómo es posible que el Ministerio del Interior haya accedido atender a un pedido de la Fiscalía de la Nación, es decir de Pedro Chávarry –al que el Grupo El Comercio, entre otros, no puede ver ni en pintura por obvias razones que los perjudican–, para investigar el caso Lava Jato en el que están implicados tanto políticos como empresarios (entre ellos accionistas). La periodista/activista/militante desarrolla su “argumento” como lo haría cualquier político: habla de “topos” inflitrados en el gobierno de Martín Vizcarra, desconociendo que en una democracia y en un Estado de derecho –ella no alcanza a entender esos conceptos, por lo visto– las autoridades del gobierno deben obedecer los mandatos judiciales y requerimientos fiscales, por más que a la señora Huertas no le guste el señor Chávarry. De ahí se sigue que a la mencionada señora le importa un pepino la democracia, la Constitución y los hechos, sino simplemente el aplauso de un público igual de fanático y militante que ella.

El mismo caso es el de Jim Acosta, un impresentable reportero de la CNN acreditado en la Casa Blanca al que el gobierno tuvo que devolverle la credencial que le había retirado por una orden judicial, luego de un inaudito comportamiento en una conferencia de prensa en la que se atrevió a pechar al presidente de los Estados Unidos (allí a nadie todavía se le ha ocurrido como aquí a la señora Huertas que el gobierno desconozca los mandatos de un juez, por más equivocado que este esté).

Yo vi en vivo la conferencia de prensa en la que el reportero no preguntaba, sino pontificaba queriéndole imponer su opinión al presidente de los Estados Unidos. Acosta le preguntó por qué Trump afirmaba que la caravana de migrantes centroamericanos que se dirigía a la frontera con México para pasar a Estados Unidos como ilegales era una invasión, cuando según Acosta, Trump sabía que no era una invasión. El presidente le respondió calmado que esa era su opinión y Acosta, luego de una perorata sobre la pobre gente que viene huyendo de la violencia y escasez económica, le volvió a decir que no había tal invasión. Trump entonces le mandó callar por intolerante, majadero y malcriado, haciendo una dura crítica a medios como la CNN. Por supuesto que a Acosta –como a Mávila Huertas y una plétora de periodistas como ellos– no les interesa quedar ante cualquier persona con sentido común y honestidad intelectual como los periodistas que no son, sino que por el contrario saben que serán aplaudidos por todos aquellos que odian a Trump o a Keiko o a Alan precisamente por su militancia y activismo.

Resumiendo: cuando el activismo se apodera de la prensa ya no hay periodismo, la posverdad se entroniza de los medios tradicionales y ya no se puede creer en ninguno.

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