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El ocaso de la diplomacia internacional

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Más allá de su lenguaje destemplado (que pasa porque no es embajador), paradójicamente Donald Trump está haciendo una labor diplomática impecable: ha negociado más allá de los corsés ideológicos lo mejor para los intereses concretos de su país.



Henry Kissinger decía que la diplomacia no puede supeditarse a intereses ideológicos sino a objetivos concretos que tienen que ver con los equilibrios de poder para llegar a la paz y conseguir la mejor situación en el mundo para un país determinado. Es cierto que los intereses de una potencia pueden arroparse bajo ciertos ideales a alcanzar, pero esos ideales no pueden regir el día a día de las relaciones diplomáticas que se manejan bajo los códigos propios de lo que son las relaciones internacionales. Y el problema con el mundo actual en Occidente es que se ha politizado e ideologizado de tal forma que está convirtiendo a los diplomáticos en fanáticos y activistas de causas que nada tienen que ver con su misión y que, por el contrario, la dañan.  Ejemplos hay varios.

Esta última semana se ha desatado un escándalo entre el gobierno de los Estados Unidos y el Reino Unido por causa de unos informes hechos públicos por la prensa londinense del embajador británico en Washington sobre Donald Trump y su gabinete. Según The Mail on Sunday, el diplomático británico afirmó que la presidencia Trump es “inestable” e “incompetente”, y susceptible de “estrellarse e incendiarse” y “terminar en desgracia”, según sus circulares e informes transmitidos a Londres. “Realmente no creemos que esta administración vaya a volverse sustancialmente más normal, menos disfuncional, menos impredecible, menos divisiva, menos torpe e inepta diplomáticamente”, habría escrito el embajador británico en un despacho.

¿Así habla un embajador? De inmediato, el ministro de relaciones exteriores del Reino Unido, Jeremy Hunt, se distanció de las declaraciones que habría hecho el embajador Kim Darroch.

La respuesta de Trump ha sido contundente: “Kim Darroch no sirvió bien a Reino Unido”. Luego remató que su administración no volverá a tener contacto con el embajador británico mientras dure su embajada en Washington. En otras palabras, las palabras del embajador de carrera y uno de los mejor preparados del Reino Unido han causado una crisis diplomática, innecesaria si este hubiera utilizado en su correspondencia oficial lo que antaño se conocía como el “lenguaje diplomático” y que, a estas alturas, por lo visto, ya no se usa en el entendido de que hasta los embajadores más experimentados pueden decir las cosas más delicadas como si estuvieran en un pub (como si no estuviéramos en un siglo en el que la tecnología permite que los hackers saquen todo a la luz del día).

En el siglo XIX o en el XVIII lo mismo de Donald Trump hubiera podido ser dicho de manera que nadie hubiera podido acusar al embajador de no haber cumplido su misión con profesionalismo y cortesía (ver correspondencias de Tayllerand, Metternich o Castlereagh). Claro, pero eso hubiera costado más esfuerzo intelectual (escribir diciendo pero sin aparentar decir requiere agudizar los sentidos del emisor y del receptor), que es lo que escasea en el siglo XXI, y, además, menos prejuicios ideológicos como los que una apocada Europa siente contra Trump.

Pero sigamos con los prejuicios de la élite de la diplomacia mundial. Hablemos de un icono de la diplomacia norteamericana, nada menos. La embajadora de carrera Roberta Jacobson es a todas luces una fanática que se refiere a Trump como un “matón” (otra vez: ¿ese es el lenguaje diplomático?) y que revela que renunció a su embajada en México por “principios”, cuando el POTUS empezó a presionar a ese país para que se hiciera cargo de la parte que le correspondía en la crisis migratoria que tiene lugar entre ambas fronteras.

La ceguera ideológica de la embajadora norteamericana llega al punto de parecer más embajadora de México que de Estados Unidos, por su odio a las políticas migratorias de su propio presidente. Dice Jacobson: “El presidente López Obrador tendrá que decidir si quiere continuar con amor y paz o si necesita confrontarlo”. Admite, sin embargo, que sin la amenaza de imponer aranceles a México no se hubiera conseguido el acuerdo migratorio con ese país, que ahora va a destinar recursos para que los migrantes centroamericanos se queden en México mientras esperan que el gobierno de los Estados Unidos evalúa sus solicitudes de asilo. Continúa Jacobson: “Tengo que admitir que sí. Por mucho que me da pena decirlo, la amenaza sí funcionó porque podíamos ver casi la mitad del gabinete (de México) viajar a Washington en pánico, prestar atención y acordar cosas que quizás no estaban preparados para aceptar antes.”

¿Qué está haciendo mal, entonces, si Trump está logrando acuerdos beneficiosos para Estados Unidos? ¿O Jacobson propone abrir todas las fronteras de Estados Unidos a la migración mundial?

Pero lo que viene a continuación es delirante tratándose de una embajadora tan respetada en el establishment político de Washington y del Departamento de Estado: “No veo infinita la paciencia, la generosidad o los recursos de los estados en el norte [de México] de aceptar a esa gente. ¿Cómo pueden alimentarlos, dar viviendas y hasta quizás empleos a todas esas personas que tienen que esperar a veces dos años para su proceso de asilo? Ahora, no veo la capacidad de México para procesar todos estos migrantes, y ni hablar de Guatemala. No tienen recursos humanos ni financieros para procesar a todas esas personas”. ¿O sea que lo que es malo para México y sus contribuyentes de pronto sí es bueno para Estados Unidos y sus contribuyentes? ¿Lo que es políticamente malo para los estados del norte de México es políticamente bueno para California, Nuevo México, Arizona o Texas? ¿Acaso no hay acá un mero “razonamiento” ideológico de la migración por la migración, de la solidaridad por la solidaridad, no importa que se afecten los intereses de Estados Unidos como la misma embajadora reconoce que se afectan los de México?

Finalmente culmina Jacobson su larga entrevista con la BBC diciendo: “No sé cuáles son los criterios para certificar que un país sea seguro, pero sería un poco difícil certificar a México, donde la cifra de homicidios aumenta todavía.” ¿Y Jacobson quiere llevar esa inseguridad a Estados Unidos? ¿O Estados Unidos es el paraíso de la seguridad?

Paradójicamente, más allá de su lenguaje destemplado que pasa porque no es embajador ni diplomático, Donald Trump está haciendo una labor diplomática impecable, negociando más allá de los corsés ideológicos lo mejor para los intereses concretos de su país.

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