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Opinión

El NN, etiquetas y dinastías

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Divertimentos para mis lectores en un domingo como cualquiera



NN

Aunque tengo una cuenta de Twitter, no la uso personalmente porque no sé ni cómo ingresar ni el modus operandi de ese artilugio de la comunicación sintética. Sobre mi cuenta solo hay orden de postear (¿se dice así?) mis artículos y retuitear contenidos relacionados a los temas que toco. Es decir, no tengo idea de los debates en esa plataforma de “difusión de la cultura, la divulgación científica y el buen gusto” por lo que, ajeno como soy a ese cenáculo de sabios, los enfrentamientos de Twitter no me afectan para nada.

Por lo tanto, rara vez me verán diciendo mus por allí. Sin embargo, a veces me llegan ecos como de la lejana Atenas que me hacen sonreír. Me cuentan que “sufro” ataques de grueso calibre por lo que escribo, en especial por el último artículo de una serie de homenajes a mí mismo, a saber: “Por qué escribo tan buenos artículos”.

Por ejemplo, hay un señor que tiene el mismo nombre del que fuera jefe de la página de opinión editorial del diario de la Rifa y que tuvo que “irse” de allí hace poco (por ponerlo elegantemente), supongo que por los resultados en rojo que son de público conocimiento respecto a ese diario y que fue a recalar (“para asumir nuevas responsabilidades”) como profesor en una universidad local.

Pues bien, este señor al que llamaremos NN se queja amargamente de por qué lo “etiqueto” en mis artículos, luego de llamarme ¿ególatra?, ¿arrogante? y… cáiganse de sus sillas: ¡excéntrico! También afirma don NN que no le gusta cómo me visto y que lo que escribo es insoportable, que yo difamo a diestra y siniestra y que aunque don NN es un demócrata y liberal a carta cabal, está seriamente considerando la posibilidad de ¡demandarme! civilmente por etiquetarlo, pues no puede soportarme. Sorprendido me pongo a buscar si alguna vez lo he mencionado en alguna parte y no encuentro nada. Indago si lo tengo como amigo en Facebook y tampoco, aunque la red me advierte “NN te está siguiendo”.  ¡Yo qué culpa tengo de que él me siga a mí!

Finalmente indago si por casualidad tengo su teléfono, pues como comparte el nombre y apellido del que fue el editor del diario de la Rifa y yo escribía ahí, pudiera ser. Pero busco y no figura ningún NN entre mis contactos telefónicos, por lo que tampoco puede ser que mis insoportables artículos le lleguen por Whatsapp y aun así fuera también podría bloquearme, ¿verdad? Ya lo han hecho varios así que no sería ninguna novedad.

Lo que sí es novedad para el público que me sigue es que el NN, el “tolerante”, el “demócrata” y “liberal” habría sido el que me botó del diario de la Rifa por decir que Susana de la Puente no era intocable a priori de ser investigada cuando el escándalo del doctor Moreno –que la mencionaba en un audio—, por escribir a favor de Trump un día antes de que ganara la elección –que el diario de la Rifa daba por ganada para crocked Hillary– y, last but not least, por ser “fujimorista”. Bueno. La embajadora está siendo investigada en la fiscalía por aportes de campaña no declarados para la campaña de PPK por parte de Odebrecht; Trump es presidente de los Estados Unidos pese al diario de la Rifa y a don NN; y en la página de opinión de la Rifa pergüeñan una legión de caviares.

Ahora, como soy un hombre justo, puede ser que NN sea un homónimo. ¡Después de todo hay tantos en el mundo! Así que, si es así, me disculpo y retiro lo dicho.

Etiquetas

Y ya que hablamos de etiquetas, no entiendo cuál es su función en las redes sociales si la gente que solicita tu amistad o la concede le molesta que las etiquetes. Entonces para qué son tus “amigos”, me pregunto. Si no quieren que los etiquetes pues mejor es cortar con esa amistad en las redes, ¿no creen? Tampoco entiendo muy bien ese concepto de “amistad”.

Tenía por ejemplo en Facebook a un señor que se dedica a la genealogía y que era un conocido mío de hace muchísimo tiempo por la intersección de otros amigos, y que con constancia comentaba maliciosamente en Facebook cualquier cosa que yo escribía. Al parecer, el señor era uno de esos viudos espontáneos de PPK que se había tomado a pecho su ruina y culpaba a todo el que osaba señalarlo, menos al ignominioso presidente renunciante.

Es decir, el genealogista se metía en mi casa (que es mi muro) y al amparo de la “amistad” no cesaba de incordiar con aquella típica histeria propia de los caballeros con peluca empolvada y libreas borbónicas. Y lo más gracioso es que yo, precisamente por una cuestión de amistad (más de etiqueta que real) nunca comentaba nada de lo que decía, y menos los dimes y diretes particulares que sobre mis asuntos me dedicaba en mi muro el genealogista.

Y vaya que yo tenía tela para cortar sobre el genealogista. No se me pasó por la cabeza entrar a sus dominios del Facebook y decirle, por ejemplo, lo huachafo que es que en un país como el Perú alguien se enfrasque en buscarle los troncos y las ramas a los descendientes de apellido “compuesto” del marqués de los chiqueros que llegaron de España o de los del conde del contrabando y los tahúres de las cantinas que vinieron de Panamá. Mucho menos se me ocurrió decirle, en su muro de anécdotas del Club Nacional, lo mala filósofa que es su hermana (que gracias a que me enviaron un pantallazo, sé que me insultó gratuitamente) sin tener yo el gusto de conocerla más que por aquella pataleta que protagonizó con otros filósofos de cierta universidad “católica”, cuando Mario Bunge les dijo sus cuatro verdades invitado para disertar en un auditorio de esa universidad. En esa ocasión, la filósofa y sus amigos se retiraron dando un portazo “en señal de protesta” porque Bunge –filósofo de la ciencia ni más ni menos– se había reído de las supercherías de Husserl. Luego, como para rematar la faena, la filósofa hermana del genealogista escribió un sendo artículo en el diario de la Rifa despotricando contra “el argentino”, como si la filosofía tuviera patria y si un filósofo tuviese una esto fuese un demérito.

Ni qué decir que tampoco me metí en el muro del genealogista para comentar la sinecura que le dieron a su cuñado en la universidad de la que fue rector, y desde la que pontifica sobre lo humano y lo divino con un mar de conocimiento y un dedo de profundidad. Bueno, pues, luego de tener una infinita paciencia con el genealogista lo terminé en Facebook. Nunca le respondí nada. Simplemente lo podé y corté ese tronco seco.

Dinastías

La verdad es que eso de los árboles genealógicos y la gente que se ufana de tenerlos me causa cierta gracia y me recuerda la célebre escena entre Napoleón y el emperador de Austria Francisco I y segundo del Sacro Imperio Romano Germánico, que iba a ser su suegro, pues su hija María Luisa estaba destinada a ser la emperatriz de los franceses.

Francisco, que provenía de una de las dinastías más rancias de Europa, fundada por Rodolfo de Habsburgo hacía como mil años, se sentía un poco corto de que el amo de Europa le impusiera el matrimonio con su hija, no teniendo a ojos del Habsburgo ningún “pedigrí” como para entrar en la “familia”. Así que en la víspera del casorio le ofreció a Napoleón un bello obsequio: un árbol genealógico de la familia Bonaparte hecho por un genealogista de la corte que había “descubierto” que el tronco del que descendía el Gran Corso se remontaba a algún patricio romano.

Francisco le entregó el documento a Napoleón que sin recibirlo siquiera lo cortó en seco diciéndole: no, gracias. Yo soy el Rodolfo de mi dinastía. Y es lo mismo que yo digo siempre cuando algún huachafito me pregunta de qué lugar de Alemania o de los Andes provengo: ¡Yo soy la simiente de mi dinastía!

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