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El mitómano

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El señor Martín Vizcarra nos ha mentido; o, mejor dicho, sigue mintiéndonos... y de una forma bastante grosera.



Hace unos días, el señor Martín Vizcarra se presentó en Chanchamayo a inaugurar una planta de oxígeno comprada por la población con el apoyo de la Iglesia Católica.

Anteriormente, dijo ha reconocido su voz en los audios de la vergüenza donde se le escuchó –entre tanta memez– ordenarle a su entonces asistente Karem Roca obstaculizar las investigaciones fiscales relacionadas con el polémico caso Swing. Declaró –muy enfadado, por cierto– que el único delito ahí era haber sido grabado subrepticiamente. Y en una de sus últimas declaraciones sobre el tema llegó a decir que “hasta el servidor más cercano puede traicionar la confianza del cualquier autoridad”.

Bueno, también dijo que no se corría, que daba la cara; sin embargo, cuando se presentó en el hemiciclo para responder por la moción de vacancia lo hizo por breves minutos dejando en su lugar a su abogado, contraviniendo el Reglamento del Congreso que textualmente reza: “El Presidente de la República, cuya vacancia es materia del pedido, puede ejercer personalmente su derecho de defensa o ser ASISTIDO por un letrado, hasta por sesenta minutos”. Es decir, debió quedarse a responder la interpelación del primer poder del Estado.

Una tanda de embustes. El señor Martín Vizcarra nos ha mentido; o, mejor dicho, sigue mintiéndonos… y de una forma bastante grosera.

Farisaico por donde lo observemos, debería recordar que a una persona (ya sea que ejerza la función pública o no) que actúa y se rodea de gente PROBA no suele ocurrirle estas cosas. A estas alturas, de nada sirve lo que haga –y menos lo que diga– Vizcarra, toda vez que la poca credibilidad que le restaba quedó sepultada. Hasta sus secretarios (en otros tiempos, los llamábamos ministros) hacen denodados esfuerzos por defenderlo (más que a la institución presidencial), balbuceando incoherencias que a los pocos minutos caen en saco roto (ahí está el caso de la novel Ana Neyra, que imputó “sedición” a los legisladores firmantes de la moción de vacancia, para luego desdecirse).

Se le ha bajado el telón y pasará a la historia no solo como el peor presidente que hemos tenido, sino como aquel que tuvo tantas oportunidades para gobernar a favor de todos nosotros y las desaprovechó todas. Lo que sí es cierto es su temor a perder el poder, y hará lo que esté –o no– a su alcance para conservarlo, ya sea postergando las elecciones o influyendo desvergonzadamente para colocarle la banda presidencial a un extremista o bisoño. Eso sí, nada con Keiko ni De Soto.

Vizcarra sabe, y hoy con mayor razón, que culminada su gestión inmediatamente será imputado y probablemente arrestado y enjuiciado. Los mismos operadores de justicia que continúan apañándolo –su amiga Zoraida incluida– serán los primeros en condenarlo.

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