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Opinión

El Ku Klux Klan en el Perú

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De cómo un simple aviso de prensa nos mueve el recuerdo del arraigado desencuentro que marcó la violencia y muerte la década de 1930.



El historiador no es el que sabe, el historiador es el que busca: nosotros buscamos. Así se expresaba un combativo historiador del siglo XX, Lucien Febvre… y la ventaja es que cuando paras buscando, de cualquier lado te cae la novedad inesperada. Como este avisito de prensa, de 1934 o 1935, que nos pone de cara a la presencia de una organización deportivo cultural de nombre Ku Klux Klan, que tenía amplia actividad, varias categorías de equipos de fútbol y estaba organizado por departamentos, acaso emulando los chapters del KKK firme: símbolo del racismo más acendrado y cruel.

Para muchos las encendidas incursiones nocturnas del Klan antorcha en mano y dispuestos a quemar negros allá en Kentucky es solamente comparable al fascismo encarnado en el nazi Adolf Hitler y el genocidio. Pues bien, conviene recordar que, en las elecciones de 1936, la Unión Revolucionaria bajo el oscuro liderazgo de Luis Flores proclamó su afinidad al fascismo europeo de entonces. Lo hizo con acento italiano pues los urristas no vacilaban en lucir en cada manifestación sus camisas negras, a lo Mussolini, mientras clamaban para espanto del presidente Benavides que el asesino de Sánchez Cerro estaba en Palacio.

¿De dónde tanto encono y desencuentro? Es difícil explicarlo en breve, pero les pido recordar que dos años antes del avisito revelador los peruanos vivimos lo que se llamó el año de la barbarie. Todo empezó con un levantamiento aprista en Trujillo y conque la aviación bombardeó civiles. Era 1932. Guernica, celebrada imagen plasmada por Picasso tras el bombardeo de civiles en la guerra civil española, ocurrió cuatro años antes entre nosotros. De ese tipo de récords sangrantes se compone nuestra historia.

Yo sé que los apristas cometieron barbaridad y media con los militares. Pero se necesita dos para bailar tango. Fue tan brava la cosa que durante un tiempo continuaron los fusilamientos clandestinos y los jovencitos de la oligarquía liberteña disfrutaban la penosa costumbre de asistir a esos fusilamientos. Lo llamaban “ver saltar los pescados”.

Representantes trujillanos aprovecharon una ceremonia palaciega para llevar directamente la denuncia al presidente Sánchez Cerro. El Mocho respondió a su manera: de inmediato. Pidió a los representantes que lo siguieran y hasta permitió la presencia de la prensa. Condujo a los visitantes a la sala de radio de Palacio y él mismo dio la enérgica orden de suspender los fusilamientos. O sea que era cierto…

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