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El “jefe” y LOS JEFES

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El drama central de Humala es que él no manda.



Como todo presidente, Ollanta Humala tiene múltiples problemas consecuencia de la naturaleza de su cargo. Sin embargo, hay dos problemas centrales que le impiden solucionar con solvencia desde los más sencillos y cotidianos inconvenientes de gobierno hasta los grandes temas de Estado.

El drama central de Humala es que él no manda, sino sus jefes. A estas alturas resulta obvio que su esposa es una de ellos. Heredia es quien decide los temas importantes en economía, defensa y política general de gobierno. Ella despacha directamente con los responsables de esas carteras y tiene alfiles y/o escuderos que claramente le reportan —¿o no es así, Ana Jara, Ana Solórzano, Alonso Segura, Figallo y Cateriano?—. Y es evidente que Humala también espera su “luz verde”. 

Es un hecho, además, que la primera dama digitaba la Comisión Tejada contra García para dinamitar su candidatura a la reelección. Y que lo hacía porque anhelaba enfrentarse a Keiko en la segunda vuelta del 2016. 

Un segundo factor viene a complicar más la cosa: los militares a los que Humala conoció toda la vida como sus jefes ahora son sus supuestos subalternos. Los generales Howell o Cabrera, por ejemplo. Ellos siempre fueron sus superiores en la milicia y el comandante-presidente debe internalizarlos así debido a la mayor graduación, capacidad, conocimientos o experiencia que poseen. 

Entonces, es muy probable que en ese afán fallido los reales jefes de Humala le hayan propuesto atacar a sus enemigos apristas y fujimoristas. Que hayan articulado para él las operaciones “Alex” o “Leyla” con el fin de obtener información devastadora que le permitiese vencer, ayudado por la Inteligencia, a sus oponentes el 2016. “A la prensa, —le habrán sugerido— amedréntala o espíala”.

A lo expuesto, súmese que las pocas luces y experiencia política del que debería ser el hombre más poderoso del Perú impiden que se dé cuenta de que su real situación es la de estar siendo manejado por otros. Conclusión: los problemas del presidente no tienen solución. Sólo hay que esperar a que se vaya.

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