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Opinión

El imperturbable Pedro Chávarry

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Condenado por las redes, el fiscal de la nación jamás pierde los papeles. Se mantiene impasible, se aferra con garras y dientes al cargo o, simplemente, tiene instrucciones de no renunciar.



Las redes son el símbolo de la intolerancia, simplemente porque en ellas la gente tiene carta blanca para esgrimir sus juicios y opiniones, condenar o absolver (por supuesto, siempre escudada en el anonimato y sin asumir alguna responsabilidad). Sin embargo, con sus virtudes y defectos hay que reconocer que cada vez más se vuelven espacios de discusión y de participación ciudadana en la política y vida pública. Es la expresión moderna de la democracia, que permite a la gente involucrarse con las grandes decisiones del país.

Pero, fruto de alguna oportuna posverdad, las redes pueden ser perversas cuando se descontrolan. Basta que alguien suelte una noticia falsa pero escandalosamente atractiva para que se vuelva viral, y la vuelta atrás suele ser muy pedregosa. Para los políticos es una arma de doble filo, sobre todo en el caso de los expertos en mítines y plazas públicas, poco acostumbrados a intercambiar ideas con el ciudadano de a pie. Envanecidos en muchos casos, no acostumbran pedir disculpas ni eliminar sus tuits errados. Lo perciben como un desmedro.

En la red hay que ser transparentes: el que no sabe reconocer su error y cae en la intransigencia pierde. Y en este imperio no cabe duda que Pedro Chávarry ha caído en desgracia. La multitud pide su renuncia; no se le perdona un solo audio ni tampoco se le da el beneficio de la duda sobre la posibilidad de que por un dizque “error informático” sus notas hayan sido adulteradas; tampoco que su hijo haya trabajado en el nefasto CNM por sus propios méritos. Nada. Se sabe condenado pero se aferra al cargo a pesar de que, conforme a la Ley Orgánica del Ministerio Público, uno de los requisitos para ser fiscal de la nación es “gozar de conducta intachable, públicamente reconocida” .

El Ejecutivo en pleno ha pedido la renuncia de Pedro Chávarry.  Voces encabezadas por el presidente de la república (que parece que de dedica a observar hacia dónde sopla el viento para determinar la tónica de sus pronunciamientos), a la que se suma al 83% de peruanos asqueado por el más mínimo atisbo de corrupción (aunque muchos de esos mismos indignados, por ejemplo, evadan impuesto: miran la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio). Cuestionable o no, el pueblo ha dado su veredicto.

No me toca juzgar a Pedro Chávarry. Hay una denuncia constitucional en curso cuyo informe final ha sido anunciado para el 11 de setiembre. Menos quiero imputarle cargos que solo he escuchado o que las redes se encargan de difundir con vehemencia y gratuita exageración. Sí debo reconocerle una paciencia infinita: jamás pierde los papeles. Se mantiene impasible, se aferra con garras y dientes al cargo o, simplemente, tiene instrucciones de no renunciar.

Hace una semanas fue entrevistado telefónicamente por Mávila Huertas, quien con voz altisonante quería que pisara el palito a como diera lugar. Mávila me parece una excelente persona pero siento que últimamente le soplan al oído para que asuma esa actitud agresiva, que no corresponde a la conductora del programa periodístico más importante de Canal N. Tiene que aprender a tratar con la misma vara a todos sus invitados. Igual consejo para Josefina Townsend, quien este último jueves en entrevista presencial a Chávarry no pudo controlar sus decibeles y su irritación. Puede ser que haya hecho preguntas valiosas, pero sus formas la hicieron sucumbir.

Ambas conductoras querían circo y sangre; y no pudieron controlar la ansiedad que les causaba la pasividad de Chavarry. Buscaban que en público y delante de miles de televidentes confesara todos su pecados, nos sorprendiese con un pasado negro, hiciera un mea culpa y, en un éxtasis sin límites –presentara precedido de un acto de contrición– su renuncia ante miles de televidentes.

No pidan imposibles, señoras. No se sometan a la tiranía del rating y de las redes. Mantengan su objetividad y honren su profesión.

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