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Opinión

El hombre que debía morir

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Entretelones de una guerra olvidada y apagada con un pistoletazo en el Campo de Marte.



Desde el día siguiente de la toma de Leticia, en la región del Putumayo, los mandos militares de Loreto tenían al presidente contra la pared, bajo la amenaza de desatar una guerra civil, con carácter de guerra nacional, si Sánchez Cerro no acataba sus indicaciones. Ni más, ni menos.

Cuando dos fuerzas se miden cara a cara, especialmente en un territorio tan ingobernable como la Amazonía, la menor chispa puede encender la pradera. Ese elemento fortuito operó en Puerto Meléndez, puesto de vigilancia peruano en el río Putumayo. Una patrulla peruana que buscaba monos para el rancho hizo contacto casual con soldados colombianos y se abrió fuego. Puerto Meléndez estaba tan metido en la jungla que se comunicaba con su base madre, Puerto Arturo, gracias al manguaré (o sea, golpeando con un mazo de caucho el tronco de un árbol ahuecado).

Eso fue a fines de enero de 1933. A mediados de febrero, El Comercio informaba de un ataque colombiano del que habían tomado parte cinco buques apoyados por dos hidroaviones. El viernes 17 de febrero, tras una concentración en la plaza de Barranco, se registraron desmedidos ataques contra la legación colombiana, ubicada en ese balneario del sur. El sábado 18 de febrero las primeras planas de los diarios volvieron a estremecer a todos con su contenido.

“Se libró el segundo combate en el Putumayo”, anunciaba un impactante titular de página entera. Esta vez, aviones peruanos habían bombardeado la escuadra colombiana dañando las cañoneras del enemigo.

Un sentimiento de exaltación bicolor se apoderó de nuestro ser colectivo. El lunes 20 se realizó una marcha patriótica con una convocatoria sin precedentes: por lo menos, cien mil personas desfilaron. Créalo. Los reportes señalan que las tres plazas Unión, San Martín y la de Armas se llenaron y vaciaron tres veces.

Todos estaban con la patria, respaldaban a nuestras fuerzas armadas y al presidente Sánchez Cerro. Y quizás la dimensión de la respuesta terminó por hacerle perder el criterio al presidente quien no hizo nada por contener una escalda belicistas que, en su momento cumbre, contribuyó a convertirlo en el hombre que debía morir.

Cuesta asimilar que para acabar una guerra encarnizada haya bastado el disparo de un sicario, vestido de vendedor de chocolates, encaramado en el estribo del coche presidencial. Pero ocurrió así.

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