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El gran intérprete

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Si las instituciones republicanas no ponen coto inmediato a este "gran intérprete" de los poderes del Estado y sus secuaces, no habrá nada que celebrar para el Bicentenario, a no ser las mojigangas del señor Vizcarra.



Martín Vizcarra reapareció el lunes, inmediatamente después de que un diario pusiera en blanco y negro un informe de la Contraloría General de la República de mayo de este año (o sea, de refrito nada) en el que se lo responsabilizaba a él y a su administración de la expresidencia regional de Moquegua de coludirse con constructoras y festinar trámites el último día de su gestión, para adelantar plata al consorcio que iba a construir un hospital por varios millones de dólares.

Este ladino que es el presidente –no por algo la Contraloría dice que hizo lo que hizo el último día de su mandato moqueguano–, y que quiere venderse como bonachón, en complicidad con los medios de prensa a los que les da de comer con la publicidad estatal, desvió la atención de la grave acusación por corrupción apuntando todas sus baterías contra el Congreso.

Vizcarra volvió con el tema de la reforma política y, decantando su perfil de mandón, inventó el concepto constitucional por el cual él se arroga el derecho de interpretar por sí y ante sí el mandato de la cuestión de confianza otorgada a su gabinete. Así pues, emplazó al Congreso a aprobar en el plazo que a él le da la gana (antes de que termine esta legislatura ampliada) las reformas políticas/constitucionales –dos de seis de una comisión de burócratas profesionales y seudoacadémicos– del mismo modo que su contenido, dejando al Congreso en el papel de fedatario y comparsa del Poder Ejecutivo. ¿Y si no lo hacían? Cierre.

Estamos, pues, ante el talante de un dictador con todas sus letras, pues huelga decir que no existe ninguna interpretación sobre las prerrogativas del jefe del Estado en la Constitución que pueda admitir siquiera la tesis de que este interprete a su guisa una cuestión de confianza. Así, Martín Vizcarra, con el apoyo de una prensa canalla, quiere no solo arrogarse poderes legislativos haciendo del Congreso una parodia y comparsa de sus caprichos, sino que también pretende sustituir al Tribunal Constitucional convirtiéndose en supremo intérprete de las leyes.

En suma, el presidente busca –para tapar sus trapos sucios (eso es lo peor)– acaparar todos los poderes (Congreso, fiscalía, Poder Judicial, Tribunal Constitucional y prensa) al amparo del aplauso fácil del populacho y con la mayoría de los líderes de la oposición presos, investigados o muertos.

Si las instituciones republicanas no ponen coto inmediato a este “gran intérprete” de los poderes del Estado y sus secuaces, no habrá nada que celebrar para el Bicentenario, a no ser las mojigangas del señor Vizcarra.

Foto: Tomada de Epreso

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