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El discurso de la desconfianza

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No ha sido una sorpresa para nadie y tampoco responde al clamor de la calle, harto de todos los políticos y de sus peroratas que no traen ningún beneficio. La gente de a pie no cree más en otro referéndum, pues el primero resultó una gran farsa.



El discurso de Martín Vizcarra no ha sido una sorpresa para nadie y tampoco responde al clamor de la calle, harto de todos los políticos y de sus peroratas que no traen ningún beneficio. La gente de a pie no cree más en otro referéndum, pues el primero resultó una gran farsa. Menos es un secreto que el poder de Vizcarra se esfuma cada día por su propia incapacidad de gobierno, y que se encuentra en un punto de inflexión a la baja: ya sea por el enfado de la gente con su economía familiar o por temas como el derroche de 1700 millones en consultorías que cabrean tanto al ciudadano de a pie, que tiene necesidades reales sin respuesta.

Esta amenaza al Congreso se veía venir, aunque a mí me bastó leer a Cesar Hildebrandt el pasado viernes para entender que su exigencia golpista a Vizcarra de cerrar el Congreso no era una petición basada en el bienestar del país. No había en el libreto amargado de Hildebrandt un solo punto que reverencie el bienestar de los peruanos.

No había nada, por ejemplo, sobre la salud de la anciana que tiene que irse a morir en los pasillos de hospitales insalubres; no, toda la intimidación de Hildebrandt fue dirigida a Vizcarra en lo personal. Si aceptaba cerrar el Congreso “sería un estadista” pero, de acobardarse, solo quedaría toda su vida como un felón tipo Ollanta Humala. Tal cual. Vergonzosa súplica golpista pocas veces vista en algún país democrático del mundo.

La verdad es que este gobierno tan deficiente gotea aceite negro porque su motor está rajado. Los ministros no tienen ideas y ni los proyectos corruptos avanzan, pues hasta las megaobras del Gasoducto y la Refinería están detenidas con juicios y adendas por su incapacidad de gerenciar. Ya ni siquiera intentan luchar contra la delincuencia callejera; el ministro del Interior se ha convertido, más bien, en chuponeador oficial y espía de congresistas (con casos documentados). ¡Los oficiales de la Diviac se permiten insultar a congresistas, pero son tan respetuosos con Susana Villarán!  Y hasta los fiscales son ya activistas políticos, agresivos con el Congreso –cómo no– pero muy débiles y blandos con Marcelo Odebrecht, a quién perdonaron sus deudas hasta la traición.

Este es un golpe a la democracia solo apoyado por izquierdistas cercanos a Nadine Heredia, como su exsecretaria Verónika Mendoza o los amigos de Susana Villarán, cuya verdadera relación con la democracia pareciera ser circunstancial. Hoy por hoy, vemos abusos de poder no muy distintos a los de la Venezuela de Maduro, y muy pronto veremos hacia dónde percolan las aguas servidas de Palacio, que llevan ya el olor a una dictadura caviar.

Foto: Agencia Andina

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