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El día del “periodista”: nada que celebrar

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Los datos, los contrastes, las versiones han desaparecido o son solo un pretexto para dictar sentencia, no para informar a nadie. Una fecha que se va quedando sin protagonistas, sin actores y sin noticias. Pero, sobre todo, SIN VERDAD.



El Perú tiene el triste récord mundial de ser el país con mayor cantidad de periodistas muertos por el COVID-19. Se podría decir que son héroes de la profesión… si esta existiera aún en el Perú.  Tal vez los difuntos hayan sido los últimos de su especie, porque lamentablemente ya no hay periodistas ni en el Perú y tampoco, casi, en el mundo entero. Su muerte pareciera haber sido en vano.

Todos los que antes buscaban una noticia, la confrontaban, la confirmaban y la publicaban hoy se han vuelto panfletistas de un relato que calce con sus intereses políticos e ideológicos o, peor aún, con el “arriba dicen que bajes el tono” porque por la plata baila el mono. Y la plata la pone el Estado. Casi todos los diarios se han vuelto pasquines, casi todas las radios repetidoras de publicidad estatal y, de las televisoras ni qué se diga.

Hay todavía quienes ejercen el oficio pero, como H13, con el tufo desencantado y sesgado del resentimiento, del que no se vende, pero que –precisamente por eso mismo– ya no guarda ninguna neutralidad y se desfoga contra los que les caen gordos o contra enemigos imaginarios o por imaginar. Por lo menos este hace lo que le da la gana, y cuando escribe de sus perros lo hace con maestría.

¿Los demás son qué? ¿Ganapanes? La mayoría sí. Lo disimulan abrazando una “causa justa”, claro: la de los pituquillos caviares que salen de las facultades de comunicación o de las maestrías de la PUCP, de la Pacífico o de Yale o de cualquier otra, a gerenciar exemporios de comunicaciones o a fungir de periodistas en redacciones sin tener la mínima idea de lo que se trata un diario. Lo que les interesa es el activismo de lo que aprendieron en una academia, que los lobotomizó y les llenó la cabeza de “género”, “cuotas”, “progresismo” y demás perlas.

Y como ya dejaron de pensar, algunos pueden ser liberales económicos y otros no, pero en ambos casos su ancla es el dogmatismo, la idea fija de los que “tienen la razón”. Sus argumentaciones hace mucho que dejaron de ser lógicas y hoy son morales, como si tal cosa fuese posible. Entonces, con la moral en la mano como “argumento”, estos “periodistas” predican desde un púlpito de papel periódico, o a través de un micrófono o una pantalla de televisión. Se retroalimentan entre ellos con la misma plana de “invitados”, como si fuera divertido escuchar un eco de sus propias convicciones. Vetan a los que los irritan porque traen otra versión de los hechos y cuentan otro relato, y se les enfrentan, pero usando siempre un pretexto como aquel de que “no le vamos a dar cabida a un tal por cual”, al que ellos mismos ya le pusieron un sambenito para “eliminarlo” y hacerlo callar.

Si el mercado funcionara realmente, en el Perú los medios de comunicación ya estarían todos quebrados y en la calle, pero pareciera que la mayoría de periodistas peruanos es,  de todas, la más vendida a la publicidad del Estado que paga su sueldo, sobre todo ahora en época de pandemia.

En el mundo la cosa no va mejor. Otrora estrellas como el NYT o el The WP sirven a la causa de la intolerancia –que ya ha hecho renunciar a varios colegas hartos del dogmatismo– porque, como aquí, los caviares son iguales en todo el mundo: juzgan, no relatan hechos (y si lo hacen es para formar parte de un engranaje político con timing incluido, como la publicación de la declaración de impuestos de Trump  en vísperas del primer debate, o el nuevo libro del decadente Bob Woodward sobre el hombre “equivocado” en la Casa Blanca a sesenta días de las elecciones).

Todo el periodismo posmoderno se ha convertido en un juicio de valor. Los datos, los contrastes, las versiones han desaparecido o son solo un pretexto para dictar sentencia, no para informar a nadie. En ese contexto celebramos esta semana el Día del Periodista, una fecha que se va quedando sin protagonistas, sin actores y sin noticias. Pero, sobre todo, sin verdad.

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