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El debate en guasa poética

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Al final del gran debate y distraído el debatiente, vino hacia él un asesor y le dijo: "¡No mueras! Te falta otro debate".



Con el permiso de ustedes incurro en otro ejercicio de política ficción, pero esta vez de la mano del gran César Vallejo y su muy recordado poema Masa. La política, el humor y la propia poesía no van reñidos, felizmente. Que nadie se incomode, pero dice más o menos así:

Al fin del gran debate y distraído el debatiente, vino hacia él un asesor y le dijo: “¡No mueras! Te falta otro debate”.

Y el candidato, ay, siguió blandeando.

Los temas de discusión pasaban uno después de otro y la candidata se veía cada vez más cómoda y en control de la situación. El candidato en cambio parecía haber dejado olvidada el alma en algún lugar entre Lima y New York. Era él pero no parecía él. Se le acercaron dos asesores más y repitiéronle: «¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!» 

Pero el candidato ¡ay! siguió ausente.

La cosa era de temer para los enemigos jurados de la candidata que veían con estupor la penosa performance del candidato en el debate. Era preciso apelar a lo que fuese. Hacer marchas,  convocar colectivos, resaltar voces, “jugarse entero” como dijo un célebre. Pero el candidato no reaccionaba. Hablaba como técnico, se quejaba de la puya sin devolver el vuelto.

Sus partidarios tenían que movilizarse. Como diría el celebrado, natural de Santiago de Chuco, “acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil, clamando”. Era frustrante. Tanto sentimiento empozado y no poder nada contra la China.

Y el candidato ¡ay! siguió en la suya.

El tiempo pasaba sin que nadie pudiera detenerlo. El candidato no reaccionaba. Y eso que tenía seguidores. A la hora de la hora, “le rodearon millones de individuos, con un ruego común”.

Querían que tumbe a la China pero el candidato ¡ay! siguió en la suya.

Hasta que llegó el día de las elecciones: entonces, todos los antifujimoristas de la tierra le rodearon. Ahora o nunca.

Hasta que terminó el escrutinio. Los resultados estaban ahí. Inamovibles.

Los partidarios interesados, también. Los vio el candidato “triste, emocionado; incorporóse lentamente, abrazó al primer hombre; echóse a andar…” Era libre al fin, se lo había ganado.

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