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El daño moral

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Odebrecht: la política está lesionada y la democracia también.



El contralor general Edgar Alarcón reveló que entre los años 1988 y 2015 los contratos suscritos por el Estado peruano con Odebrecht generaron al Perú un perjuicio económico de 283 millones de soles. Estos son los números… pero el daño moral es inconmensurable, toda vez que entre los involucrados están desde presidentes hasta altos funcionarios gubernamentales.

Ello significa que no hay políticos nuevos ni distintos a los estigmatizados como tradicionales: todos están afectados, la política está lesionada y la democracia también. Para aquellos que no tienen nada que ver con la megacorrupción, nadie es confiable. Todo el que haya desempeñado un cargo, alto o mediano está bajo sospecha. Ni nuevos ni viejos rostros de la política se salvan, la lápida se extiende.

La corrupción entre los políticos peruanos se da a todos los niveles, sin banderas ni ideologías que los preserven. De izquierda y de derecha, liberales y conservadores. Frente a esta siniestralidad no aparece una reserva moral actuante y reconocida lo cual hace mucho más grave el perjuicio, mayor que cualquier monto económico que pudiera mencionarse. No hay a la vista el antídoto que pueda ayudar a la nación a recuperarse.

¿Dónde están los personajes que podríamos reconocer como absolutamente preservados de la corrupción en los partidos políticos y en las instituciones? ¿Dónde los que deberían estar exigiendo a las instituciones, que se presumen titulares de la investigación, para que esta sea rápida, imparcial, sin privilegios ni consideraciones personales movidos por el dinero o los respetos reverenciales? Que salgan por favor.

Ante la dimensión del desastre moral no caben argucias ni distracciones. Tenemos la masiva reacción de la calle, positiva aunque amorfa y anónima, que sin asumir responsabilidad concreta representa la grita colectiva y la indignación del momento.

Pero necesitamos vigilancia social. La prensa representa un gran bastión cuestionador y analítico siempre que pueda mantenerse imparcial ante los múltiples intereses que irán apareciendo. Muy importante sería la creación de un sistema judicial especial anticorrupción como el que surgió el 2000 para investigar la corrupción fujimorista. Y que el Ministerio Público se ponga las pilas.

De otro lado, corresponde a instituciones y partidos políticos activar sus reservas morales. Quienes se saben indemnes que actúen para evitar la destrucción total que se anuncia. Se requiere voluntad política en el gobierno y en la oposición y en todos aquellos que pueden contribuir con poco o mucho para denunciar a los culpables.

Toda reconstrucción moral comienza con una gran cárcel contra la impunidad, en especial contra superpoderes como el de Odebrecht (“que ponía y sacaba presidentes”) con la complicidad de nacionales que no dudaron en vender a la patria como eficaces felipillos contemporáneos.

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