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El crepúsculo de los dioses

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Comparo a esos millenials con ese chico que no tiene qué comer, y los veo como lo que siempre fueron: enanos tan pero tan pequeños, pidiendo y pidiendo pero sin dar nada.



Una alarido sobrecogedor interrumpió las notas del “Crepúsculo de los dioses” de Richard Wagner, mientras disfrutaba de la soledad en mi terraza arbolada. Eran como quejidos que pusieron a ladrar a los perros.

Se trataba de un ser humano desesperado. Me asomé por la balaustrada de palmeras y vi a un muchacho con una mascarilla: “Tengo hambre”, dijo. La calle estaba vacía, lo que hacía ensordecedores sus gritos. Pedía ayuda para que le dieran “una lata de atún, pan o lo que sea”.

Era un espectáculo de los 80 del siglo XX, cuando la hiperinflación campeaba, o del shock de principio de los 90 que sirvió para poner fin precisamente a esa hiperinflación. Nunca pensé que casi 30 años después iba a revivir ese declive casi olvidado y desconocido para las generaciones de millenials, que hoy se creen con derecho a todo simplemente porque se les pasa por la cabeza. El muchacho seguía gritando y dando vueltas en la pista, hasta que desde los diferentes edificios empezamos a dar muestras de simpatía. Desde lo alto, llovieron latas del conserva que el chico agradeció, aunque fue como si estuviera apestado: nadie se atrevía a bajar y abrir la puerta.

No los culpo. La peste y la incertidumbre están en su mejor momento. Todos temen contagiarse en un pico que solo sube hasta el cielo. Finalmente alguien le gritó desde otro edificio: “Espérate en la puerta que ya bajo”. Unos minutos después, la puerta se abrió y un vecino le dio una canasta con víveres. El muchacho agradeció, a los gritos, al barrio diciendo que le permitiría comer un par de días; y se fue con la vergüenza guardada en el bolsillo, pero con alegría en los ojos.

Lo veo y lo comparo con esos millenialls quejosos, a los que les encanta fungir de policías desde sus balcones, que gimotean porque “no es lo mismo” una clase presencial que una en plataforma virtual (¡gran descubrimiento!) o, simplemente, porque el Internet está lento y cojudeces como esas. Los comparo con ese chico que no tiene qué comer y los veo como lo que siempre fueron: enanos tan pero tan pequeños, pidiendo y pidiendo pero sin dar nada. Cambian de trabajo cada seis meses porque “se cansan” de hacer lo mismo y tienen que “innovar”.

¿Innovar? ¿Acaso en este siglo ya surgió algún Wagner, un Tesla o un Einstein? Siguió sonando la Marcha Fúnebre de Sigfrido, como homenaje a pelo a un héroe como este muchacho, que prefirió pedir ayuda para algo muy concreto: vivir.

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