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El club de los fariseos

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No hay un Congreso "obstruccionista" al cual achacarle el marasmo en el que se encuentra el país.



A aquellos opinólogos que, tras los acontecimientos que causaron la fuga masiva del gabinete vizcarrista, se sienten “sorprendidos” o “decepcionados” solo quedaría decirles que son unos hipócritas o, en el mejor de los casos, que usan el calzón con bobos XL. Era muy obvio lo que estaba pasando con la corrupta Odebrecht y sus delaciones a cuentagotas dirigidas a obtener beneficios penales y económicos a costa de fiscales figurettis, de procuradores cómplices y de un Poder Ejecutivo complaciente con la corrupción que rejura estar combatiendo.

El premier Vicente Zeballos, mano derecha e izquierda de Vizcarra, sabía muy bien del riesgo de una demanda arbitral contra el Estado Peruano por parte de la corrupta constructora; por ello, salir a los medios a declarar su “extrañeza” por lo que estaba sucediendo y escuchar a la ahora renunciante ministra de Justicia, Ana “Navidad” Revilla, decir que están “indignados porque efectivamente no es una empresa que esté con las condiciones de honorabilidad que cualquiera esperase” –cuando fue ella quien propició la reunión con estos brasileros coimeros– resulta verdaderamente repulsivo, y desnuda lo que desde un comienzo fueron:  un Ejecutivo carente de moral y de ética.

Vizcarra ya no tiene a quién echarle la culpa de su paupérrima gestión. No hay un Congreso “obstruccionista” al cual achacarle el marasmo en el que se encuentra el país; hasta la prensa “amiga” está empezando a guardar distancia pues, por más beneficios en publicidad que se les pueda otorgar, la defensa de lo indefendible también tiene sus límites. Y las instituciones que deberían velar por los intereses de la ciudadanía y supervisar a las empresas como Osinergmin hacen agua, sino preguntémosle a los deudos de las 29 víctimas de la tragedia en Villa El Salvador. Este es el verdadero legado de Vizcarra: improvisación, hipocresía e ineficiencia.

De nada le valdrá al presidente tratar de justificar lo injustificable en los medios de comunicación y decir que la salida de sus cuatro ministros no significan una renuncia masiva (¿entonces qué fue?). Lo cierto es que su gabinete tiene el sello inconfundible de quien se autoproclama anticorruptible con el tuétano podrido. Un club de fariseos.

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