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El amor en los tiempos del coronavirus

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Esta enfermedad es todavía un acertijo sin respuesta ni vacuna, en un mundo de veloz comercio mundial y globalización.



El coronavirus es todavía un acertijo sin respuesta ni vacuna, en un mundo donde la velocidad del comercio mundial y la globalización han acelerado su contagio en China, Corea del Sur, Japón e Italia. Ello ha sido posible a través de los intercambios de pasajeros en los aviones comerciales, de los cruceros multitudinarios o, en general, por la apertura de los mercados a los convenios comerciales en todas las direcciones del planeta.

Se trata, pues, de una enfermedad novísima y muy contagiosa que obliga al autoconfinamiento y al aislamiento preventivo. Por ejemplo, en Italia se ha cerrado una vasta región que incluye la ciudad de Milán y, hoy, para entrar a un supermercado o sentarse en un bar de copas obligan a mantener una distancia de al menos un metro de distancia entre los clientes. Algunos asocian este temible contagio al mercantilismo asiático: con tal de seguir vendiendo sus productos al mundo entero, China ocultó por varias semanas el riesgo que se escurría por sus calles y hospitales, permitiendo así que el mal se expanda de manera ya imparable en los países vecinos. O, simplemente, lo atribuyen a la alimentación popular con animales vivos como el pangolín, el único mamífero que tiene escamas o a la rápida devastación del campo chino por el impresionante crecimiento urbano del gigante asiático, que ha dejado expuestos a sus animales silvestres a los murciélagos nocturnos precipitando la rarísima transmisión de animales hacia humanos.

COVID-19 es el nombre que el director de la Organización Mundial de Salud, Tedros Adhanom, le ha asignado al virus: COronaVIrusDisease-2019 (porque los primeros casos aparecieron el año pasado). Se pensó en un inicio en llamarlo SARS-CoV-2, rememorando el azote de 2003, aunque otros simplemente preferían usar 2019-nCoV. Sin embargo, dar el nombre adecuado a la enfermedad, dijo la OMS, evitaría una futura estigmatización del mal, en particular por tratarse de una nueva forma de muerte china.

Los optimistas en la materia dicen que no es mucho más que un resfrío común y que afecta principalmente a los más viejos, pero aún nadie explica por qué entonces tantos médicos y enfermeras –en plena juventud y resistentes a mil hospitales– caen víctimas de este implacable virus. Se afirma también que las vacunas contra la neumonía no funcionan pero, en cambio, que el virus daría respuestas positivas cuando se usan los fortísimos medicamentos que previenen la malaria o el SIDA.

Dicho esto, el Perú debería aprovechar a través de su Cancillería la experiencia de los países ya infectados como Italia, Japón, Corea y la misma China en sus intentos para detener su expansión. Sobre todo ahora que se nos viene el frío otoñal y han aparecido ya los primeros casos importados en Lima. Asimismo, el gobierno de Martín Vizcarra debe asumir que no es suficiente convertir la ridículamente baja partida de solo 3.4 millones de soles a 30: se requiere que sea por lo menos 100 veces mayor. Si para Marcelo Odebrecht “solito” hubo 524 millones de Chaglla, ¿cómo así es que por cada peruano solo se invierte 10 centavos y no se puede dedicar, al menos, 10 soles por cabeza en estas duras circunstancias?

¿No sería mejor dotar a todos de agua potable en vez de invertir en millonarias refinerías inútiles? ¿O tender más desagües que purifiquen la ciudad y no tubos de gasoductos corruptos? Es muy difícil caminar derecho, lo sabemos bien, pero mientras tanto el COVID-19 impera democrático: puede darle un porrazo a cualquiera, tanto en Villa El Salvador como en La Molina y San Isidro. Puede llegar a las cárceles pero también a los canales de televisión y a los medios escritos. Ojalá que esta gran desgracia mundial nos enseñe a entender que, al final de cuentas, todos los peruanos estamos unidos por el mismo cordón umbilical.

Foto: Tec.mx

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