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#EDITORIAL: “La derecha de cóctel” y el fin de la convivencia contranatura

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Bien les valdría empezar a preguntarse cómo actuarán ustedes cuando todo lo avanzado en estos años se subvierta. Aunque, siendo honestos, su respuesta histórica siempre ha sido y será la misma: irse del país.



Empecemos por lo obvio: lo hecho por el presidente Martín Vizcarra es INCONSTITUCIONAL. Recurramos, estimado lector, a nuestra lógica de ciudadano de a pie (¿por qué no podríamos hacerlo si en estos tiempos cualquier tuitero sin formación académica puede permitirse denigrar al más reputado constitucionalista?) y pensemos a qué nos remitiríamos para valorar si una acción se encuentra bajo el marco de la Ley. ¡Al texto! Entonces, ¿dónde se menciona en la Constitución esa aberración llamada “negación fáctica”?

Pero que el presidente no sea un juez y que, por ello, no pueda hacer “interpretaciones” de la Ley no es materia de esta publicación. La mencionamos porque tal circunstancia (importantísima) sirve para criticar, en principio, la dudosa ética mostrada por los medios de comunicación y, después, señalar la ironía que subyace a esta difícil coyuntura.

¡Qué lejanos aquellos tiempos (veintisiete años atrás) cuando toda prensa cerró filas ante el abuso y el atropello al orden constitucional! Hoy, vergonzosamente, el cartel mediático ha instalado en la agenda nacional que las posturas a favor y en contra de la disolución del Parlamento son igualmente válidas y –más grave aún– manda o permite ejercer a sus periodistas, en vivo y en directo, como enérgicos voceros de Vizcarra. Ese escandaloso sesgo, por citar dos ejemplos, es el que solivianta a un reportero a polemizar maleducadamente con quienes defienden la Carta Magna y el que alienta a una pobre infeliz –que probablemente tenía uno o dos años cuando Fujimori cerró el Parlamento– presentar un reportaje sobre el 5 de abril para luego editorializar diciendo: “Como vemos, no hay punto de comparación”. Así, con esa soberbia que solo la ignorancia otorga, y antes de ir a comerciales.

Sin embargo, los que con indignación vemos cómo se dinamita la Constitución ante la mirada complaciente de esta prensa comprada y/o ideologizada nos sublevamos también ante la dinámica repetida de lo que llamaremos la derecha de cóctel: ese exquisito grupo que en sus reuniones sociales se manifiesta aterrorizado ante “lo que está pasando”, que en cada almuerzo de empresarios despotrica de las medidas que toma el Ejecutivo (y luego, con la misma fruición, aplaude de pie y estrecha la mano a cualquier ministro que le acepta una invitación), que desde su terraza y blandiendo una copa de vino español espeta, invariablemente: “Este país no tiene remedio”.

Hablamos de esa derecha surrealista que da trabajo (y, por tanto, subvenciona) a los antisistema, que los invita al CADE con todo pagado (¡y hasta los incluye en el comité organizador!), que alimenta –quizá culposamente– a los mayores enemigos de la inversión, del libre mercado, de la libre competencia, en suma, de la libertad. Círculo vicioso en toda regla: es justamente de esa derecha de cóctel de la que lactan los valedores de un Gobierno capturado por quienes, solo para empezar, quieren cambiar EL CAPÍTULO ECONÓMICO de la Constitución.

Por supuesto, podemos especular que para algunos esa convivencia contranatura tenía una justificación estratégica: “Es mejor tenerlos cerca, controlados. Les doy trabajo, los subvenciono para que no hablen mal de mí, para que dejen tranquilo a mi sector productivo, a mi marca”. Pero mientras tanto, bajo ese mismo raciocinio, la derecha de cóctel abandonaba a sus compañeros de ideales: “Si piensan como yo y por eso siempre me van a defender, ¿para qué esforzarme por ellos?”

Bueno, señores de la derecha de cóctel: la convivencia contranatura ha terminado. Y lo que veremos pronto será directa consecuencia de la escasez de visión y autocomplacencia de todos ustedes. Bien les valdría empezar a cuestionarse cómo actuarán cuando todo lo avanzado en estos años se subvierta.

Aunque, siendo honestos, la evidencia histórica muestra que ustedes ya no necesitan hacerse esa pregunta, porque su respuesta siempre ha sido y será la misma: irse del país.

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