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Del “sanguinario” Nicolás al “siniestro” señor Chávarry

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El punto es aquí cómo la propaganda puede transformar a un buen hombre común y corriente en un "monstruo corrupto" y envilecido para el solaz de las masas histéricas.



En el recinto de la fortaleza de San Pedro y San Pablo, en San Petesburgo se encuentra una cripta en la que descansan los restos de todos los zares de la dinastía Romanov, excepto uno que murió en Moscú. Allí yacen el fundador de la que fuera capital de todas las Rusias, Pedro el Grande; Isabel, su hija; Catalina la Grande, asesina de su esposo el zar Pedro III; Alejandro I, vencedor de Napoleón, y muchos otros. Entrando a la iglesia, a mano derecha, hay un santuario al que el público no puede entrar sino solo ver. Aquel es un lugar sagrado y allí se encuentra desde hace poco lo queda de los últimos Romanov: el zar Nicolás II y de la zarina Alejandra, su esposa, de las grandes duquesas Olga, Tatiana, María y Anastasia, sus hijas; y el pequeño zarevich Alexei, todos ellos asesinados de la manera más barbara posible por los bolcheviques en Ekaterinburgo en la tristemente célebre casa de Ipatiev.

Hoy, una larga fila de rusos pasa para santiguarse, rezar y pedir milagros a quienes la Iglesia Ortodoxa Rusa ha declarado santos y lo peculiar es que la edad de los creyentes en San Nicolás y su familia no pasa de los 35 años.

No siempre fue así. Es más, para ser específicos fue todo lo contrario. Cuando Nicolás II y su familia fueron asesinados en 1918, su reputación mundial era la de un cruel tirano, un déspota al que los bolcheviques –¡nada menos!– apodaron “Nicolás el Sanguinario”. Durante años y años, los comunistas en la Rusia Soviética machacaron a través de la propaganda de la prensa y la escuela la “truculenta” figura de Nicolás como uno de los “asesinos” más grandes de la historia. De esa forma, los comunistas no solo justificaron su revolución en Rusia sino para el mundo. De más está decir que durante un buen tiempo los rusos y el mundo les creyeron. Hasta que el comunismo cayó.

Actualmente la historia es muy distinta. Ya desde los años 60 del siglo XX, varios historiadores occidentales (como Robert K. Massie) empezaron a desbaratar una serie de mitos con sus investigaciones. Nicolás II fue todo menos un tirano sanguinario. Su desgracia, más bien, fue que no fungió de tal como sí lo hicieron sus antepasados. Nicolás Romanov era de carácter apacible y resignado. Profundamente religioso, fue uno de los pocos monarcas de la época que se casó por amor con Alejandra de Hesse Darmastadt, sentimiento que duró inalterable hasta el final de sus trágicos días. Adoraba a sus hijas, pese a las presiones histéricas y maledicentes del populacho, la corte y la nobleza para que tuviera un hijo. Las cuatro que tuvo con su esposa una tras otra hizo a la familia retraída en el refugio de un hogar burgués, sin ningún aspaviento, y con gustos corrientes para la befa de la aristocracia y el pueblo.

El nacimiento de su hijo los encapsuló aun más en un mundo privado sin contacto con el exterior pues Alexei era hemofílico, un padecimiento incurable que lo mantenía postrado y sin muchas expectativas de vida. La familia tuvo que mantener oculta la enfermedad del heredero incluso a sus allegados más cercanos, para caer luego en manos de charlatanes que ofrecían sanación al infortunado y esperanza a los padres, como fueron los casos de “monsieur” Phillipe y, posteriormente, del conocido santón Rasputín. Lo demás es historia conocida. En síntesis, Nicolás II era un típico buen padre de familia burgués e inútil para el gobierno del país más grande del mundo. Su pecado político, si se quiere, fue defender su herencia a la autocracia para su hijo, así como embarcarse y ponerse al frente de una guerra mundial que Rusia no podía ganar. Así las cosas, Nicolás Romanov pasó en menos de un siglo de “sanguinario” a santo.

No ha sido antojadizo el ejemplo histórico de la reputación del último Romanov con nuestra pedestre y envilecida coyuntura política. El punto es aquí cómo la propaganda puede transformar a un hombre común y corriente en un “monstruo” “corrupto” y envilecido que, curiosamente, nunca tuvo ningún tipo de mala fama ni problema conocido de esa índole antes de acceder al cargo público más alto con el que coronó su carrera.

La periodista Mariella Balbi da cuenta en su última columna de Perú21 que “2M Analitycs estableció que durante siete meses el fiscal Chávarry fue objeto de 1248 portadas y 5750 horas en la televisión nacional. En promedio, seis portadas diarias y 27 horas diarias de televisión. ‘Noticias’ siempre lapidarias. Una campaña artera, difícil de resistir por una persona que, además, no es política”.

No es, pues, muy difícil de entender por qué el señor Chávarry terminó convertido hoy, a punta de propaganda negra,  en el personaje más “siniestro” de la historia del Perú. No vamos a ahondar aquí en las mentiras, medias verdades y “hechos” fuera de contexto que le han achacado al señor Chávarry con tal de derrocarlo. Las conjeturas ridículas y los cuentos chinos transformados en “noticias” y “primicias” se han impuesto con el aplauso del populacho y la complacencia de una argolla política interesada en cubrirse las espaldas del caso de corrupción que los involucra, distrayendo la atención y liquidando a sus enemigos políticos. El sentido común no resiste ver a Chávarry como Montesinos, López Rega o Papá Doc. Tampoco como “Don Corleone”. Así, pues, esa NO es la VERDAD por donde se le mire, por más novelas que quieran contar los medios.

“Todo es traición y cobardía  a mi alrededor” fueron las últimas palabras del pobre Nicolás II antes de firmar su abdicación, literalmente perdido en un tren sin rumbo. Exactamente lo mismo podría haber dicho, un siglo después, el modesto señor Chávarry al renunciar a la jefatura del Ministerio Público.

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