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De la cuarentena al desempleo

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En el Perú, donde hay muchísimos mas jóvenes que adultos mayores, el COVID-19 se ha convertido en el principal enemigo del progreso de todos ellos.



Las pandemias en el mundo han sido tan comunes en la historia de la humanidad como los cambios sociales posteriores a ellas. Hasta se afirma que los seres humanos se hicieron más crueles luego de la devastadora peste negra, que arrasó a un tercio de la población europea en el siglo XIV; o que Napoleón III reconstruyó París, la Ciudad Luz, con abundantes arboledas y bulevares anchos justamente para que la ventilación y el gran espacio de sus calles disperse el desagradable miasma, de la temida fiebre del cólera.

Hoy, posiblemente lo más significativo de la pandemia del COVID-19 no sea solo el gran número de muertos en ciudades importantes como Madrid, Milán o Nueva York, cantidad que queda fácilmente diluida en el número de fallecidos cada año por la gripe común o los accidentes de tránsito (cientos de miles en el mundo). Lo más impresionante es que, de un saque, el virus nos ha recordado que somos tan vulnerables como hace 300 o 400 años, pues este enemigo invisible ha detenido la economía globalizada, reconstruido el miedo fronterizo entre los países y, en particular, amilanado la fe ciega en la ciencia y la medicina moderna, que era parte habitual de nuestra confiada vida cotidiana.

En tal sentido, la cuarentena de 28 días decretada por el gobierno de Vizcarra no es el fin del problema de contagio masivo en nuestras ciudades. Se trata únicamente del fin del principio, pues recién entonces veremos hacia dónde apunta la epidemia. Lamentablemente, el COVID-19 no desaparecerá tan rápido pues es muy contagioso –dicen que tres veces más que la gripe común– y volverá a golpearnos con más vileza durante los próximos 18 meses, en particular a los más débiles, a los anémicos y a los mayores de edad. Pero cuán larga será la plaga aún nadie lo sabe.

Lo que sí sabemos con certeza es que los hospitales en el Perú no están preparados para recibir a miles de pacientes con síntomas graves; no tenemos equipos de ventilación para salvar sus vidas, y el paupérrimo sistema de salud que Vizcarra había prometido mejorar en el “Año de la Universalización de la Salud” salvará a muy pocos suertudos. Dicho esto, falta conocer con certeza si el Perú deberá temerle más a los estragos del COVID-19 o a las precarias decisiones políticas y económicas que está tomando el Gobierno de Martín Vizcarra, que no se esfuerza en detectar eficientemente el virus con pruebas adecuadas pero en cambio empobrece al extremo a la población. Si hasta pareciera que las cifras de contagios que el gobierno reparte en sus conferencias de prensa enmascaran intencionalmente el bajo número de pruebas totales a la población: las verdaderas cifras serían bastante mayores y escabrosas.

Lo cierto es que en el Perú, donde hay muchísimos más jóvenes que adultos mayores de la tercera o cuarta edad, el COVID-19 se ha convertido en el principal enemigo del progreso de todos ellos. Cada día de cuarentena se destruyen los escasos ahorros familiares, el bono no llega, se manosea las pensiones, y los puestos de trabajo formales o informales. Irónicamente, solo los medios de comunicación subsidiados por el gobierno tienen su ingreso de dinero asegurado gracias a la teta estatal. Qué fácil les resulta celebrar como guaripoleras al gobierno, sin siquiera verter una crítica constructiva para el bien de todos.

La última gran crisis mundial ocurrió en el 2008, siendo Alan García Pérez presidente del Perú y Luis Carranza Ugarte su ministro de Economía. Al país le tomó solo un año volver a la normalidad, y retornar a un crecimiento económico asombroso de 8.7% después de caer a 0.8%. ¿Cuánto tiempo le tomará a Vizcarra reaccionar y entender la seriedad del problema que vivimos cuando todav+ia no completa ni siquiera la mitad de la reconstrucción del norte después de 3 años? Yo ya tengo mi respuesta.

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