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De Borbón a bribón

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Con un titulillo de conde-duque era suficiente para quien, con sus actos ruines, ha lanzado bosta a la Casa de Borbón poniendo al reinado de Felipe VI en su situación más difícil. Que se pierda en algún rincón del mundo y que nunca más regrese a España.



Juan Carlos I, rey emérito de España, ha seguido los pasos de su tristemente célebre antepasado Borbón Luis XV de Francia. Al principio adorados –a Luis XV lo sobrenombraron “el bienamado”–, ambos reyes –el del XVIII y el del XX-XXI– se descarrilaron en su reinado, dejando de lado sus deberes de Estado por la molicie de la lujuria, convirtiéndose en títeres del placer y de las favoritas que les tocó a ambos en su día.

El fin de Luis XV fue de terror. La voluptuosidad de un rey dedicado al sexo se convirtió en purulencia pestífera cuando contrajo la viruela que se enseñoreó de su cuerpo durante días convirtiéndolo en un amasijo de carne ennegrecido e irreconocible. Y cuando murió, su cuerpo tuvo que ser sacado de noche por las puertas falsas de Versalles, ante los gritos enardecidos de los campesinos. A Juan Carlos I no le ha ido peor, metafóricamente hablando.

Este rey, que empezó su reinado con grandes obras como la Transición española luego de la muerte del generalísimo Franco y la debelación del golpe de Estado del 13 de febrero de 1981 –cuando todos los que éramos entonces adolescentes lo recordamos con su uniforme de capitán general dando órdenes en la televisión–, hoy ha huido de España como un vil ladrón bajo la acusación de haber recibido coimas millonarias en forma de donaciones personales de su primo, el rey de Arabia Saudita. Juan Carlos habría desviado ese dinero a las cuentas de su amante, una trepadora “princesa” de pacotilla que terminó desplumándole 65 millones de euros y delatando, finalmente, esta triangulación ignominiosa.

Ha dicho Juan Carlos que se retira de España a sus 82 años para no malograr el reinado de su hijo, quien como primera medida ha roto radicalmente con la herencia monetaria y mal habida de su padre. Sin embargo, el daño que le ha hecho a la monarquía española y a la Casa de Borbón es inmensa por lo que significó durante los cuarenta años de su reinado.

No será suficiente su exilio para borrar el baldón de un rey lujurioso, prisionero de sus vicios y placeres, y atrapado por la codicia satisfecha por magnates extranjeros. Toda una ignominia. Juan Carlos I no merece ya en vida el título de rey emérito ni el tratamiento de majestad (¿cuál?). Tampoco merece permanecer en el seno de la Familia Real porque, digámoslo con claridad, es una manzana podrida que aún de nombre mancha el símbolo de ejemplo que debe tener una casa real.

Felipe VI ha sido muy compasivo con su padre, pensando más como hijo que como hombre de Estado cuyo deber es hacer prevalecer su casa y su dinastía. Con un titulillo de conde-duque era suficiente para quien, con sus actos ruines, ha lanzado bosta a la Casa de Borbón poniendo al reinado de Felipe VI en su situación más difícil. Que se pierda en algún rincón del mundo y que nunca más regrese a España.

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