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Los congresistas justos pagan por los pecadores

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Aunque hasta ahora a ningún congresista reelecto se le ha encontrado acto probado de corrupción, un sector de la población cegado por la rabia y el odio (comprensibles en algunos casos) hace extensivos estos sentimientos a todos los miembros del Congreso y no ve la conveniencia de reelegir a los buenos.



La reelección es una opción administrativa mediante la cual los ciudadanos pueden eventualmente volver a votar por un funcionario público. Por un interés natural de buscar la eficiencia, en el sector privado tratan de que los buenos elementos –trátese de un obrero o de un gerente– se queden en la empresa; ese mismo interés nos conviene a todos como sociedad para permitir que los buenos funcionarios continúen aportando a la administración del Estado.

No hay escuela de congresistas, así que es lógico que el país aproveche la sabiduría ganada por aquellos que han tenido una buena performance y no han cometido actos antiéticos ni  de corrupción. Los congresistas, al estar cada día envueltos en los principales problemas del país, aprendiendo el arte de la negociación política dentro de los límites de la ética y alimentando la mejora constante de su visión de la problemática nacional, se convierten en un valioso activo. Eso, que toma años, no lo van aprender en ninguna otra parte.

El Congreso es el ente rector –pensante– de la nación (el cerebro) en el que después de amplias discusiones se emiten las leyes que regulan nuestras relaciones. Se deduce, entonces, la importancia de la experiencia necesaria para esa labor y de interactuar con un grupo de 130 personas con ideas e intereses diferentes. Por ello, los debates pueden tomar meses y a veces años.

Perfecto: elegimos un congresista, este aprende y hace una buena labor. ¿Y luego? ¿Así nomás lo dejamos ir? No tiene sentido.

Si el presidente Martín Vizcarra no sabía que debía anunciar su visita al Congreso, imagínese a 130 nuevos congresistas que no saben ni cómo funciona el Congreso. Solo por no saber el reglamento perderían meses en discusiones inútiles, en marchas y contramarchas.

En los últimos veinte años, algunos congresistas que cometieron actos delictivos fueron desaforados o sancionados; cierto es también que algunos que actuaron en forma antiética fueron blindados. Es esta última situación la que debe corregirse.

Por otro lado, aunque hasta ahora a ningún congresista reelecto se le ha encontrado acto probado de corrupción, un sector de la población cegado por la rabia y el odio –comprensibles en algunos casos– hace extensivos estos sentimientos a todos los miembros del Congreso y no ve la conveniencia de reelegir a los buenos. Justos pagan por pecadores.

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