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Opinión

Civilización versus barbarie

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 En esta guerra no convencional, la modernidad y la tecnología pueden volverse contra todos.



Pocos pueblos como el nuestro pueden comprender la destrucción y la barbarie del terrorismo como maldad asumida y ejercida. El terrorismo no tiene nacionalidad, amenaza a la humanidad desde el hecho de que ignoramos dónde y en qué momento saca sus garras asesinas.

Todos somos blancos posibles y debemos sentirnos concernidos. Las ciudades de nuestro continente no están a salvo de sus muchos disfraces y distintos rostros.

La destrucción en París es una alerta mundial. Nuestra solidaridad con Francia es un sentimiento y un deber. Ya estamos en una guerra que no es para nada el choque de civilizaciones que predijo Samuel Huntington en 1996, es la civilización enfrentada a la barbarie. Nos apenan los muertos en Siria y los que escapan de esa realidad asesina pero no podemos perder de vista que, en esta guerra no convencional, la modernidad y la tecnología pueden volverse contra todos.

Francia ha dado prioridad al lado militar de una guerra declarada en su territorio y ello cambia el escenario global, como sucedió con los atentados del 11-S. Se habla de victoria militar contra los ejércitos yihadistas pero el enemigo no está concentrado en un territorio: el Estado Islámico penetra en las mentes más allá de las tierras de Iraq y Siria. Cualquier café, estadio o plaza es una trinchera. Así como la muerte de Bin Laden no acabó con AlQaeda, liquidar el califato asesino puede que no destruya la amenaza.

La doble moral que llora los atentados de Charlie Hebdo y los recientes de París pero acepta los efectos colaterales de la guerra de Irak o de Siria —es decir, la muerte de inocentes— encierra una gran hipocresía que permite contar muertos buenos y malos, útiles e inútiles.

La hipocresía es una debilidad que fortalece al enemigo y le permite inocular veneno y fanatismo en las mentes de los jóvenes. Debenos afirmar los valores occidentales con nuestro derecho a vivir con libertad pero también rechazar a quienes a nombre de la religión y de El Corán persiguen cristianos, esclavizan mujeres, condenan homosexuales.

El Islam podría ser compatible con las libertades y los derechos siempre que no lo usen las dictaduras teocráticas —muchas aceptadas por Occidente— que enarbolan la idea de un dios brutal para mantener sus privilegios. Hasta Francisco los ha llamado malditos.

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