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Ciudadano cardenal

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La separación de Iglesia y Estado le permite intervenir como un ciudadano cualquiera.



El cardenal Juan Luis Cipriani ha hecho una invocación a los candidatos para que respetan la familia y el matrimonio, según lo entiende la Iglesia Católica. Está en todo su derecho de hacer las admoniciones políticas que quiera pues el cardenal, por más que lleve ropajes impresionantes, mitra y báculo, es ni más ni menos un ciudadano como cualquiera.

Tal estatus —el de ciudadano que le permite intervenir opinando como el común de los mortales en una campaña electoral— es posible porque la Iglesia y el Estado están constitucionalmente separados y el Estado Peruano no tiene ninguna religión oficial. Por ello, al Estado le da lo mismo lo que pueda decir el cardenal, el rabino, el imán o el monje tibetano.  

No sucede al revés, pues la voz del Estado es obligatoria tanto para el cardenal, el rabino, el imán, el monje tibetano y el ateo más libertino. Por ello, es una paradoja que el cardenal afirme que “la familia no es un problema del Congreso ni del Poder Judicial”. Si no lo fuera, Cipriani no estaría haciéndole a los candidatos ninguna invocación a favor de la familia y el matrimonio según lo entiende la Iglesia Católica. Bastarían, simplemente, los mandatos del cardenal. 

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