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“Chim, pum, Kenji” y el Sport Boys-César Vallejo

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Corrupción en el fútbol: escandalosos destapes de Susana Villarán han evitado que ignominia contra el campeonato de Segunda División promovida por César Acuña reciba mayor publicidad y se siga investigando.



Luctuoso el nivel de corrupción del fútbol, promovido por la mano negra de un Rey Midas norteño que ha enquistado sus nefastos tentáculos hasta en el deporte favorito de los peruanos, aquel que hoy es motivo de unión y orgullo del país. Su codicia y habilidad para tener “plata como cancha” no perdonan ninguna esfera de nuestra sociedad. Es capaz de contaminarlo todo sin dejar de sonreír. Es el típico “intocable” que le rinde pleitesía a la trampa y al engaño, protegido por sus inagotables millones y la sumisión de su entorno.

El único que realmente le ha salido al frente, con valentía, es el suspendido congresista Fujimori. Se compró el pleito a todo nivel. Verlo en el camarín del Sport Boys —arengando con un chullo en la cabeza a los jugadores, antes de su encuentro con el César Vallejo en el Cusco— parecía casi surrealista si no fuera por el hecho de que Kenji más que parlamentario es un candidato permanente.

El menor de los Fujimori es un caprichoso disruptor del marketing político que capitaliza cada oportunidad para mantener su protagonismo sin límites. Hoy muchos corazones rosados podrían empezar a tornarse naranjas, simplemente por la pasión y empatía que despertó esa defensa a ultranza del equipo chalaco.

Mientras tanto, los escandalosos destapes de Susana Villarán han evitado que esta ignominia promovida contra el campeonato de Segunda División por el señor César Acuña reciba mayor publicidad y se siga investigando. Ni siquiera el excelente reportaje de Cuarto Poder ha sido capaz de generar mayor rebote en la prensa. Así somos de perdonavidas: aun cuando más grave sea que, dada la derrota del César Vallejo y su fracaso en ascender a primera división, esta historia de corrupción y compra de voluntades futbolísticas continuará. ¡No hay que perderlo de vista!

¿Acaso los apasionados del fútbol, que hoy ni se inmutan, pensaron en los millones que hubieran corrido si en lugar de Nueva Zelandia —que no tiene liga profesional y donde el rugby es el deporte estelar— nos hubiera tocado jugar el repechaje con un país que necesariamente tenía que ir al Mundial? ¿Dimensionaron la cuantía de los derechos de televisión en juego y el movimiento económico que este reditúa?

¿Hubiéramos saltado hasta el techo en caso de sospechas de “corrupción” ante una derrota o, nuestro conformismo y pasividad nos hubiera jugado nuevamente en contra? Dicen que no hay hincha más sufrido que el peruano, y todos sabemos que nos hemos ganado esa penosa calificación a pulso.

Las acusaciones de corrupción en el fútbol no son nada nuevo: involucran a entrenadores, jugadores, mánagers, árbitros y a todos aquellos con capacidad de manipular resultados. Se ha agudizado desde que personajes políticos o empresarios famosos empezaron a comprar clubes —hoy convertidos en sociedades anónimas— como parte de sus negocios y como instrumentos para facilitar prístinos flujos de dinero.

La FIFA, una de las organizaciones globales más corruptas de la historia, es un ejemplo emblemático. Tuvo que ser Estados Unidos quien pusiera al descubierto toda la red de mafia y millones que se mueven tras bambalinas y de la que siempre se habló, pero con voz suave y al oído. Joseph Blatter, quien fue presidente durante 17 años (1998-2015) y está acusado de flagrantes irregularidades en las concesiones de los mundiales de Rusia 2018 y Quatar 2022, tuvo el cinismo de pronunciarse recientemente contra el sistema de video arbitraje.

Declaró: “Hay que dejar que los árbitros comentan errores. Lo que está haciendo la FIFA es complicado y peligroso”. Simplemente se ha erradicado una herramienta de corrupción en el deporte, pero no podía esperarse una opinión distinta de quien ha usado y abusado del poder omnímodo del arbitraje, durante décadas.

Las recientes declaraciones del expresidente de fútbol de Colombia siguen apuntillando a Manuel Burga, a quien su familia y amigos lo creían absolutamente inocente (debió haber tenido una trayectoria limpia hasta que sucumbió ante la tentación). Declararon sus cómplices que “no tenía idea de cómo recibir tanto dinero”. Quizá una vez que se aprende sea como una droga, y entonces se está absolutamente enfermo: en este caso, los derechos de televisión de la Copa América y el millón de dólares que le cayeron lo esclavizaron para siempre. Su deseo de perpetuarse en la FPF distaba mucho de una vocación de servicio al deporte.

Decía Edgar Allan Poe: “El hombre es un animal que estafa y no hay otro animal que estafe además del hombre”. Expresión dura, pero muy cierta. No existe actividad humana inmune: solo necesitas hurgar un poquito para enfrentarte a la cruda realidad. El tema es que, en algunos casos como el del fútbol local, todo se perdona si no te tocan a tu equipo.

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