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Censura y esclavitud

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Cuando uno ve la actitud de esa gente que destruye estatuas y monumentos históricos (del mismo modo que los terroristas talibanes acabaron con los Budas de Bamiyan), se pregunta si tales sujetos merecen la condición de humanos y la libertad que les es propia a su naturaleza. 



La modita de turno es destruir estatuas y vandalizar monumentos de personajes históricos que, según estos bárbaros, tuvieron en su tiempo algo que ver con la esclavitud o con el racismo. Cristóbal Colón es responsable del descubrimiento de América y de todas las desgracias de los indígenas de estas tierras, por ejemplo. George Washington y Thomas Jefferson son falsos valores porque tuvieron esclavos en sus fincas.

Los generales de la Confederación del Sur que tienen estatuas como Robert E. Lee y la bandera cruzada de estrellas deberían estar en la hoguera. Los turistas que van pasear al museo de Historia Natural ya no podrán apreciar a Theodore Roosevelt montado a caballo, seguido por indios americanos, escultura clásica y obligada en la ciudad de los rascacielos. Incluso se han creado videojuegos en los que el premio mayor es destruir el monte Rushmore, en el que están esculpidos Washington, Thomas Jefferson, Lincoln y T. Roosevelt.

En fin, la lista es larga aquí y en todo el mundo donde la misma modita está al acecho. Donald Trump ya ha dispuesto leyes federales contra el que vandalice monumentos; y la pregunta es si a los americanos y a la gente común y corriente de todos los lares del planeta les gustará que fanáticos edulcorados como “activistas” destruyan parte de la historia de cada uno de sus pueblos, como si alguien pretendiera desterrar nuevamente a Napoleón a Santa Helena porque fue un “tirano”, o sacar la momia de Lenin de la Plaza Roja como si el comunismo no hubiera sido parte de la historia rusa.

Porque, digamos, cuando uno ve la actitud de la gente esa que destruye estatuas y monumentos históricos (exactamente iguales a los terroristas talibanes que acabaron con los Budas de Bamiyan), se pregunta si tales sujetos merecen la condición de humanos y la libertad que les es propia a su naturaleza. No sería nada extraordinario que ese cuestionamiento termine generalizándose, pues la historia –que estos tratan de destruir– siempre enseña que la censura produce el efecto contrario al que se busca.

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