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¡Ccochamaman suncasapacuna (A la mar, barbudos)!

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Lima tenía poco más de un año de fundada y sus vecinos ya clamaban a sus autoridades por la inseguridad ciudadana.



Era el otoño de 1536 y en la novísima Lima, Francisco Pizarro y los suyos habían perdido comunicación con el Cusco. Cuando esta se restableció, el panorama oscureció. Manco Inca se había levantado y en el centro se preparaba un contingente indígena dispuesto a bajar a Lima y arrojar, según rezaba la consigna en su momento vociferada por miles, a los barbudos al mar.

De inmediato, los europeos decidieron enviar un fuerte contingente a cruzar los Andes. Sesenta jinetes partieron al mando de Gonzalo de Tapia. Una fuerza semejante se consideraba capaz de abrir paso hasta Chile así hubiera rebelión indígena. Y sin embargo la expedición de Tapia no pasó de Huaytará: todos los barbudos quedaron sepultados y sus caballos pasaron a engrosar la caballeriza del Inca.

Una segunda expedición decidió no ir por el sur y más bien tomar el camino de los huancas. También eran sesenta jinetes y eran buenos. Llegaron hasta Jauja, siempre recogiendo dramáticos detalles del cerco de Manco Inca a un Cusco en llamas. Pero al pasar por la cuesta de Parco fueron todos ellos liquidados.

Otro contingente a cargo de Juan Mogrovejo de Quiñones salió presuroso a seguir el rastro de la expedición anterior y corrió idéntica suerte.

La tensión en Lima subía de tono, las honras funerarias se cantaban por docenas y los vecinos de esa Lima castigada por la falta de seguridad, clamaron a sus autoridades porque se conformase otra expedición adicional cuyo mando fue encomendado a Gaete. Esta vez, ya hubo un amago de estrategia más concertada. Gracias a la amistad de los naturales de la sierra central, Gaete y sus jinetes podían llegar tranquilos a Jauja. Una vez ahí debían permanecer hasta sentirse seguros para luego desplazarse a Vilcas Huamán. En dicha plaza huamanguina las instrucciones eran las mismas: hacerse fuerte y garantizar el acceso libre al Cusco.

Además los jinetes de Gaete no estaban solos. Iban en compañía de Cusi Rímac, hijo de Güayna Capac, y un contingente indígena. Para qué más. Pero nada funcionó. 

Solamente dos españoles sobrevivieron y en su heroico camino de retorno a Lima tropezaron con los integrantes de una quinta expedición salida de Lima los cuales, al enterase del desastre, dieron la media vuelta convencidos que de verdad los indios podìan botar a los barbudos al mar . No se mueva: esta historia continuará.

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