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Cateriano y su padrino: vergonzante devenir

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Cuando se deja de ser garante para pasar a ser cómplice.



El ataque artero humalista, nada menos que contra la periodista y el equipo periodístico que destapó la caja de Pandora y encontró el hilo de la madeja de la corrupción de este gobierno, no tiene nombre ni precedentes cercanos. Quizá en el velascato habría que encontrar precedentes válidos.

Mucho se ha comentado entre mis colegas sobre este despropósito. Sin embargo, alejado de los detalles me muevo a mirar el asunto de fondo en una de sus aristas: la actitud de quienes se suponen nos garantizaban un gobierno diferente, alejado de la corrupción y siempre guardián celoso de las libertades.

Todos sabemos que Pedro Cateriano fue puesto en el gabinete de Humala por Mario Vargas Llosa. Cuando asumió el premierato, su estilo suscitaba controversia, pero no se sometía a duda su honestidad. Casi similar al caso de su padrino político. Incluso recuerdo que, al asumir el cargo en medio de otra de las crisis provocadas por este penoso gobierno, Cateriano expresaba orondo que si él atisbaba la más mínima señal de corruptelas oficialistas renunciaría al cargo.

Bueno. Ya pasados casi dos años y con toneladas de pruebas incriminatorias que recaen —por ahora— en la pareja presidencial y en su círculo de allegados de los últimos diez años, Cateriano sigue dándole forma corpórea a su asiento de jefe del gabinete sin siquiera sonrojarse. Porque de renuncia, ni una palabra.

Siendo condescendiente con el actual premier, podríamos entenderlo desde la angurria por el poder, por la foto, por el currículum. Total, ya su mentor Mario Vargas Llosa ha dado sobradas muestras de inconsistencia ideológica y política desde que apoyó la candidatura del entonces lugarteniente de Hugo Chávez en el Perú mientras atacaba al venezolano en cuanto fuero público tenía a disposición. De modo que se puede decir que era hasta natural ese nivel de falta de consistencia en alguien como Pedro Cateriano.

Pero no han quedado ahí y ahora, con su permanencia en el Ejecutivo, Cateriano —y por extensión, su padrino Vargas Llosa— ha terminado avalando no solo ya la corrupción, sino algo más grave y definitorio: la conculcación de la libertad de prensa. Por supuesto, hecha de manera soterrada y hasta “legalista”, pero que claramente tiene un tinte de venganza y coacción política. Y de nuevo: de renuncias, ni pío.

Lamentable glosa final con la que se despiden los últimos días de una garantía política de quienes presuntamente eran los notables del liberalismo nacional y que quedará como un baldón para esos liberales que hasta ahora ensalzan y siguen interesadamente al Nobel peruano. Y que poco les ha importado ser arrastrados como ganado a la ignominia de lo absurdo a cambio de ver abiertas ciertas puertas que todavía abren ciertos influyentes.

Es decir, mercantilismo con otra careta y antiliberalismo por definición. Una vergüenza.

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