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Bestialidades en el Congreso

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Haber sido alcalde y gobernador regional tendría que ser el requisito meritocrático para postular al Parlamento.



Con gran pompa y orgullo y como si se tratara de haber legado algo trascendental para la política del país, el Congreso aprobó casi por unanimidad la no reelección inmediata de presidentes regionales y alcaldes. Esto en sintonía con una mayoría en las encuestas. El propósito de la medida es, aparentemente, evitar la corrupción de la función pública de esas autoridades. Sin embargo, la norma y el propósito carecerían de sentido pues no existe razón lógica alguna para que ello no ocurra. ¿Cuál es el poder de la no reelección inmediata para que un corrupto no sea elegido alcalde o gobernador regional? Ninguno. Un alcalde corrupto lo será durante su gestión. Y el que lo suceda puede serlo igual o más que el primero. Y así sucesivamente. En síntesis, sentido común y lógica elemental: cero.

Si la premisa es que el poder corrompe pues entonces lo que habría que hacer es limitar el ejercicio de una persona en el mismo cargo para siempre. Un alcalde, por ejemplo, podría ser reelegido sólo dos veces consecutivas en su vida. Tendría entonces el tiempo suficiente para demostrar si es buen o mal alcalde en un período de tiempo razonable de ocho años, si es que fuese reelegido. Luego, si quiere seguir en el servicio público por la vía electoral, la ley debería permitirle solo postular a gobernador regional, la siguiente etapa natural en la administración del Estado. Si fue mal alcalde, pues será difícil que lo elijan para un cargo superior. Y si hubiese sido un buen alcalde, llevará una valiosa experiencia para su nuevo cargo. Y aquí también solo dos elecciones consecutivas y punto final para gobernador regional.

La siguiente etapa debería ser el Congreso. Haber sido alcalde y gobernador regional tendría que ser el requisito meritocrático para postular al parlamento, que ganaría en experiencia política y administrativa. Y si fuéramos un país razonable, pues los congresistas también deberían ejercer ese cargo únicamente dos veces consecutivas en su vida para, finalmente, luego de haber pasado por todas las ramas electivas del servicio público, estar en capacidad de postular al cargo supremo de jefe del Estado. Esa debería ser la permanente renovación nacional de una verdadera carrera política.

De esta manera, el país se ahorraría a los outsiders y aventureros que han sido, son y serán la principal fuente de corrupción en el Perú.

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