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Atala como testigo es un camello que cojea de sus cuatro patas

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Ha comprado varias casas en efectivo rabioso por millones de dólares en Orrantia del Mar, en la calle Maúrtua y en la avenida Coronel Portillo de San Isidro, sin ninguna sofisticación ni recato, y con un desbalance patrimonial salvaje desde que entró a Petroperú como funcionario público.



Era imposible que Jorge Simoes Barata, un hombre que manejaba a la perfección su oficio de pagar coimas, fallase a los fiscales en Sao Paulo y no supiera de pagos que incriminen a García Pérez. Barata era experto en comprar funcionarios a cambio de dinero corrupto y los fiscales tenían por seguro que habría negociado ilícitos con García, en sus innumerables viajes juntos (tantas veces reseñados por la prensa como conducentes a arreglos indebidos).

Simoes Barata debía ahora dar las fechas, los montos y las cuentas bancarias donde se hicieron los depósitos, tal cual hizo con el resto de expresidentes caviares Toledo y Humala. Sin embargo, en la sede fiscal de Sao Paulo todo ello hizo humo: Barata no tenía nada que contar ni nada que ocultar. El fiscal Vela Barba tuvo que salir apresurado en televisión a desmentir la inocencia de García ya vitoreada por sus compañeros.

“Es que Alan es muy vivo”, dijeron siempre sus detractores. ¿Cómo así, entonces –en pleno 2017 y estando ya investigado– seguía temerariamente recibiendo sobres por miles de dólares del patrañero Miguel Atala, incluso en Madrid? En realidad, los fiscales habían apostado por detener primero e incriminar después a García Pérez a través de testimonios de Luis Nava (“el chalán”), alguien con astucia y mañas en sus tratos verbales: un personaje que fue muy cercano al expresidente.

Sin embargo, al no contar con su colaboración eficaz echaron mano de lo primero que tuvieron por delante y no les importó que este fuera Miguel Atala. Atala como testigo es un camello que cojea de sus cuatro patas. Ha comprado varias casas en efectivo rabioso por millones de dólares en Orrantia del Mar, en la calle Maúrtua y en la avenida Coronel Portillo de San Isidro, sin ninguna sofisticación ni recato, y con un desbalance patrimonial salvaje desde que entró a Petroperú como funcionario público.

¿Era, acaso, tal la obsesión por manchar a García Pérez que los fiscales apostaron por un dudoso colaborador como Atala? ¿Alguien que será incapaz de dar pruebas coherentes y auditables y que ya venía siendo investigado desde el 2017 tras la información sobre sus cuentas en Andorra, publicadas en el diario El País de España?

Atala es además un testigo caprichoso, alguien que ya cambió de versión dos veces: primero dijo que el dinero de Odebrecht fue producto de la venta de un terreno suyo a la empresa. Luego, su prestigioso abogado Julio Rodríguez se cansó de él y lo dejó por cambiar otra vez su versión. Por último, es sabido que nombró a su hijo Samir Atala como único beneficiario de sus cuentas en Andorra, donde pretendía depositar hasta 10 millones de dólares más según su propia declaración a los funcionarios del banco.

Es así que la credibilidad de los fiscales Vela Barba y Domingo Pérez sigue hundiéndose más. Si la costosísima investigación fiscal tuvo como principal propósito hundir a Alan García Pérez a través del acuerdo de colaboración con Odebrecht, pues todavía no ha podido probar nada; incluso, ahora que ya no se puede defender.

Foto: Andina

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