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¿Así que soy “machista”? ¿Y qué?

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Si quieren un verdadero debate sobre el machismo, ¿por qué no discutimos si en el hundimiento del Titanic las mujeres y los niños debieron ocupar primero los botes salvavidas? 



El presidente del Congreso argumentó hace poco que ya no se podrían cantar determinados valses criollos si la gente se atuviera a la letra original. Fue con razón a una frase de la cual se hizo una tormenta en un vaso de agua, como suelen hacer las feministas sembradas en las ONG y en todas las instituciones del Estado y medios de prensa, que le dedicaron HORAS a cubrir la “noticia”.

La pobre María Antonieta Alva –que de “pobre” no tiene nada, porque maneja la caja del país que hace bailar al mono– era al parecer la “novia” y el Congreso (una institución que acaba de cumplir 198 años) era el “novio” a la que la infanta –por su edad– le había comenzado a “hacer caso”. Como el novio nació casi con la república, dada su edad y su experiencia no resulta chocante en este caso que la “novia” le haga caso al carcamal. Pero las feministas pusieron el tema en la “agenda” y se armó, como dicen los argentinos, todo un quilombo.

Si lo vemos desapasionadamente, el “evento” no es más que una estupidez, como si lo fuera criticar que un hombre de Estado, para poner un ejemplo el presidente del Congreso, hubiera dejado pasar primero por una puerta de su palacio a la señora y joven ministra de Economía, como se estila con las buenas costumbres “machistas” de urbanidad y politesse. ¿Debate? Ninguno.

Yo soy machista, por ejemplo, porque me paro cuando entra una mujer a un ambiente donde yo estoy sentado. También soy machista porque le cedo el asiento si está parada. Soy machista porque me levanto cuando una mujer se levanta de la mesa. Soy machista porque le cedo el paso y porque, si vamos en pareja por la calle, ocupo imperturbable el lado de la acera que da hacia la pista (donde hay más peligro).

Soy machista porque abro la puerta del auto para que entre primero una mujer, y lo mismo para que salga. Sí, pues. Soy machista en ello y me importa un bledo que la gente me señale, me apunte con el dedo y que mi vida les agobie. También me vale un ardite las redes sociales o las descaradas (en el sentido de que se les cae la cara de la indignación) presentadoras de televisión.

Pero, si quieren un verdadero debate sobre el machismo, ¿por qué no discutimos si en el hundimiento del Titanic las mujeres y los niños debieron ocupar primero los botes salvavidas? ¿Acaso no somos todos iguales?

Y si los niños son los más débiles en la cadena de la vida, ¿por qué deberían acompañarlos en los botes salvavidas las mujeres? ¿Solo porque son mujeres? ¿O es porque son más débiles que los hombres?

¿Por qué, si todos somos iguales a los niños y a los ancianos, no podrían acompañar a ellos los hombres? ¿Qué tal si las mujeres se quedaban en la cubierta del barco que se hunde? ¿Acaso los hombres no estarían en mejor posición de defender y proteger a los niños dada su mayor fortaleza física? ¿No es un lindo debate? Y lo plantea alguien en cuya vida la mayoría casi absoluta de sus jefes ha estado compuesta, gracias a Dios, por mujeres.

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