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¿Arde París?

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El portazo de Donald Trump a esta agenda ideológica global es crucial para romper su hegemonía y obliga a cuestionar y a debatir: no a seguir "dogmas de fe" como manada de becerros.



El Acuerdo de París contra el cambio climático es el típico ejemplo de una agenda ideológica que por fuerza de la propaganda se ha convertido en “verdad”. Parte del supuesto de que existe un calentamiento global producto de la emisión de gases invernadero, de los cuales el hombre y su actividad industrial son los principales responsables con la emisión de dióxido de carbono CO2.

Pero el hecho es que el CO2 producido en la Tierra, ya sea natural o industrialmente, es apenas el 0.054% de la atmósfera. Y de ese 0.054% el hombre es el responsable de 1%. Es decir, la actividad económica global en todas sus facetas representa apenas el 0.00054% de la atmósfera terrestre, mientras que el 95% de los gases invernadero lo produce el vapor de agua de océanos, lagos y ríos.

Así las cosas, si existe en efecto un calentamiento global no es por acción del hombre y su actividad económica, sino por otros factores propios de la naturaleza, como lo demuestran los calentamientos globales que existieron en la época romana y la Edad Media, de suyo va superiores, según la data, a los que refrendan los termómetros en la actualidad.

¿Cómo entonces entender el paroxismo producido por el retiro de Estados Unidos del Acuerdo de París? O mejor, ¿cómo entender el Acuerdo de París? Pues como lo que es: una agenda ideológica y cultural. El mundo no ha sido ajeno a estos esperpentos. Por ejemplo, en nombre de la “revolución mundial” y el “desarrollismo”, la extinta URSS se llevó a la tumba el Mar de Aral, un inmenso lago que hoy es un hueco en la Tierra. Hoy la “agenda del progreso” va en sentido contrario, a saber, a estigmatizar la actividad industrial y extractiva para regresar a la “naturaleza”, un remake del “rousseaunismo” dieciochesco  por el que María Antonieta se disfrazaba de pastorcita convirtiendo sus palacios en establos para vacas a las que ordeñaba con guantes de seda. Tal es el poder de la ideología en la cultura que hace ridículos a sus contemporáneos a los ojos del tiempo.

El portazo de Donald Trump a esta agenda ideológica global es crucial para romper su hegemonía y obligar a los que todavía les queda materia gris en el cerebro a cuestionar y debatir, no a seguir “dogmas de fe” como manada de becerros. 

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