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Amnesia colectiva: ¿elecciones las de mi tiempo?

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El extraño caso de Guillermo Billinghurst



No entiendo cómo hemos hecho para olvidar tan fácilmente nuestra historia. Ahora que se vienen los comicios, no han faltado observadores señalando que SE REPETIRÍA un histórico arco temporal de cuatro gobiernos democráticamente elegidos.

Quizás el tema cobró más notoriedad porque lo resaltó el congresista Kenji Fujimori. Pero luego otras personalidades, incluidos exmandamases de ONPE, lo han retomado y exponen el supuesto círculo virtuoso de inicios del XX al tiempo que llaman a cuidar y defender la democracia.

Un momentito: lo que hemos olvidado casi todos es que Guillermo Billinghurst llegó a la presidencia de la república en 1912 sin haber estado siquiera inscrito como candidato. ¿Cómo? Tal cual. Su figura de primer outsider surgió a mediados de mayo cuando ya se habían cerrado las inscripciones. Igual, los partidarios de Billinghurst hicieron campaña y manifestaciones alternas a las de Aspíllaga, candidato del partido civil.

¿Pero cómo? ¿No se supone que Billinghurst era la modernidad y representó la primeros visos de democracia moderna? Échense agua.

¿Y lo de Pan Grande acaso no era un apodo electoral? Fue un cartel de un club obrero, lucido en el mitin de una persona que no estaba inscrita como candidato ni lo estuvo nunca. Además, la promesa de un mejor alimento popular no se graficaba ofreciendo un pan baguette en lugar del diminuto petipán, como he leído con susto a algún colega formado en Francia. Se confrontaba las dimensiones del viejo pan de levadura con el reducido pan, llamado despectivamente, pan de pinganilla.

¿Pero hubo elecciones en 1912 o no? Estas no se terminaron ni hay conteo que lo respalde. ¡Pero si se instalaron las mesas y el padrón estaba operativo! Sí, pero los estudiantes, con Valdelomar en la cúpula, quemaron el padrón electoral. Corrió harta bala, hubo incendios y saqueo. A un alto mando civilista de la familia Prado, que estaba de  presidente de mesa, le volaron el sombrero de un balazo. Ante la ingobernabilidad declarada, el Congreso entregó el poder a Billinghurst, quien menos de  dos años después pretendió darse el lujo de cerrar el Congreso. Pero Benavides no se lo permitió, en una agitada noche de febrero en la que Sánchez Cerro perdió un dedo y ganó fama.

Si vamos a seguir olvidando la historia con tanta facilidad, después no nos preguntemos con desánimo porqué parecemos condenados a repetirla. 

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