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Alan García en la Historia

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Nadie recuerda los yerros de Getulio Vargas o de Allende o, por lo menos, aquellos palidecen frente a las muertes de esos líderes en las mismas circunstancias trágicas que ha buscado García para sí. La Historia barre con todo lo pequeño y solo recuerda lo grande.



“A mí no me vienen con esa mierda” habrían sido las últimas palabras de Alan García antes de dispararse en la cabeza. Se refería a la nueva celada del fiscal José Domingo Pérez y Rafael Vela que habría dispuesto entrar al domicilio del expresidente anunciando un allanamiento para luego indicarle que se trataba de una detención.

Según versión de su secretario personal, desde los altos de la escalera del segundo piso de su casa Alan García exigía al fiscal enviado cobardemente por los titulares, que le determinara su situación judicial a lo que el representante del Ministerio Público le pedía que baje para enseñarle una copia y, entonces, apoderarse de su persona. García se dio media vuelta, soltó la frase, se encerró en una habitación y se disparó.

García ha cambiado con el hecho tremendo de su muerte el curso de su paso a la Historia. Siempre lo dijo, pero nadie le creyó hasta que lo hizo. Fue un gesto de dignidad ante lo que él consideraba una injusticia. Fue un gesto de dignidad ante la vejación de ser zarandeado como cualquier delincuente. Fue un gesto de dignidad al preservar la majestad de la institución de la presidencia de la República, de la que fue dos veces mandatario a diferencia de sus pares Toledo, Humala y PPK, fugados o enmarrocados o desfilando como pobres diablos frente a un tribunal.

Y, sobre todo, fue un gesto de valor político y personal porque, seamos sinceros por una vez en la vida: ¿alguien común y corriente habría hecho lo que ha hecho García?

A García le esperan funerales de Estado. Su muerte en esas circunstancias trágicas es tan fuerte que aplastará todas las acusaciones en su contra, las cuales –huelga decir– nunca fueron probadas más allá de las conjeturas y especulaciones de sus enemigos políticos hoy concentrados en una argolla que domina la fiscalía a través de una ONG, cuyos días ya se vislumbran negros. También para sus perseguidores en la prensa que han quedado como viles y mezquinos frente a la enormidad de un deceso trágico.

Alan García ha entrado en la Historia del Perú de manera totalmente diferente a como querían sus enemigos. Por lo pronto, su último acto ha sido el de poner fin a la tiranía fiscal de Pérez, Vela y compañía. La suerte de esos fanáticos está echada y sus abusos con las horas contadas.

Nadie recuerda los yerros de Getulio Vargas o de Allende o, por lo menos, palidecen frente a sus muertes en las mismas circunstancias trágicas que ha buscado García para sí. La Historia barre con todo lo pequeño y solo recuerda lo grande. Y qué más grande que el valor de terminar con su propia vida para no caer en manos del enemigo.

Foto: Difusión

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