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Acoso y acoso

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La congresista Glave ha tenido suerte en que su caso de acoso sexual haya sido atendido por un juez y el presidente del Congreso. Mi total solidaridad. Pero, ¿qué puedo hacer yo ante los acosos políticos de la señora María Luisa del Río, del periodista de "la mano zas" y de la tuitera jefa del Fondo Editorial de mi alma máter, tan venida a menos?



Un juzgado de familia ha dispuesto una orden de restricción a favor de la congresista Marisa Glave contra un periodista de un portal digital que la acosa. Acosar es invadir la intimidad de alguien público o privado más allá de cualquier interés legítimo o periodístico. Las connotaciones sexuales en el caso de Glave las determinó el juez. Incluso se la ha fotografiado mientras disfrutaba de un día de solaz en una playa a santo de nada.

El presidente del Congreso, Daniel Salaverry, cumpliendo con la orden judicial, ha indicado que se le retire la credencial de acceso al Parlamento al periodista del medio digital aclarando su respeto por la libertad de expresión. Es decir, el medio de prensa no ha sido vetado. El que ha sido tachado es su periodista acreditado. Otro periodista tendrá –si así lo dispone el medio– que tomar la posta defraudada por su antecesor.

Ni qué decir que me solidarizo con Glave. El acoso sexual es inaceptable y debe ser denunciado y combatido sin ambages cuando hay pruebas tangibles. Sin embargo, hay otro tipo de acoso que tampoco debería pasar. Se trata del acoso político e ideológico.

En este caso fue una acosadora, la columnista del diario Perú21 María Luisa del Río. No conozco a la señora. Tampoco la leo. Una vez se molestó aparentemente conmigo porque hice un spot contra la ideología de género que según ella no existe. Me enteré de que en sus redes sociales me atacaba con el “argumento” –voy a ser fino con ella– de que yo no era solidario con mis propios “intereses”.

Sus insinuaciones o aseveraciones sexuales me importan un bledo porque, así como a mí no me interesa con quien ella se acuesta, a ella ni a nadie le debe interesar con quién me acuesto yo. Eso es parte de la intimidad y libertad de las personas. Le respondí a través de una columna que su razonamiento era tan basto como el que enunciase que todos los heterosexuales debían tener los mismos intereses y una misma agenda política e ideológica por ser heterosexuales. Y se molestó.

Me cuentan que replicó que entonces no se debería obligar a enseñar religión en los colegios, como si yo tuviera algo que ver con ese tema (supongo que como el spot contra la ideología de género era patrocinado por un colectivo religioso pensó que yo lo era). La señora no sabe que, en efecto, yo pienso que la religión debe ser una materia de libre elección y no obligatoria en la currícula escolar. Menos sabe la señora que no soy creyente, aunque trato de creer en el bien y respetar a quienes creen en Dios porque me parecen personas admirables. Dejo constancia de que como todo ser humano tengo mis flaquezas, que son grandes porque nunca fui santo y, contrariamente a la canción de Edith Piaf, me arrepiento de corazón de muchas cosas malas que he hecho en mi vida.

Bueno, al acoso. Pasó un tiempo cuando caminando una tarde por Larcomar me topo con una señora de cara congestionada por la ira, de mirada flamígera, crenchas revueltas y bañada de sudor. No la reconocí aunque me pareció haberla visto en algún lado. Seguí mi camino en una animada conversación sobre Italia y las ciudades que me parecían más dignas de conocerse si uno tuviera la suerte de viajar seguido y así por el estilo. Y resulta que unas horas después, UNA AMIGA SUYA me avisa por Whatsapp que la señora María Luisa Del Río –sí, adivinan, la señora de Larcomar con cara de posteriore parte spine dorsi— daba cuenta en su Twitter de que Ricardo Vásquez Kunze se pasea en Larcomar con sombrero y bastón diciendo que “Milán es una ciudad de medio pelo, así que mejor vámonos a Capri”.

¿Y el interés público de la conversación? ¿Y el interés privado? ¿Tiene algún derecho la columnista de Perú21 a tomar al paso una conversación privada sin ninguna trascendencia pública y lanzarla en sus redes sociales?

¿Cuál es su intención? ¿Cuál es el propósito? Muy simple. Luego de la publicación, todos los seguidores de la señora Del Río en Twitter se lanzaron a insultar, denigrar y ofenderme con una catarata de epítetos políticos y sexuales de toda índole que la señora Del Río dejó pasar en su cuenta como si con ella no fuera el tema. La guinda del pastel fue una FOTO publicada por otro portal –¿proporcionada por quién? No es difícil deducir– conmigo DE ESPALDAS con sombrero, bastón y con unas bolsas de compras, como para graficar la “gran noticia” de la columnista de Perú21.

¿De qué se graduó la señora en la universidad? ¿De chismosa callejera? ¿De bromista, como el acosador de Glave? ¿Acosa con fotos por la espalda y embosca conversaciones por las esquinas porque ni siquiera tiene la valentía de hacerlo cara a cara?

Pero no ha sido el único caso de acoso político en mi contra. La jefa del Fondo Editorial de una universidad privada y un periodista de un canal de televisión que se rasgan las vestiduras contra los acosadores sexuales –¡la mano zas!– son los primeros en auspiciar con sus ligerezas los acosos políticos. A este par se le ha metido en la cabeza –sin ninguna prueba que lo acredite, sin ninguna investigación, sin ningún sustento– que yo soy la “Tía Cucuchi”, un nickname de sabe Dios quién que en Twitter los escalda con sus comentarios sardónicos.

Al parecer, quien se esconde tras el alias de “Cucuchi” tiene esquina y un sentido del humor particular e información que molesta al periodista y a la jefa del Fondo Editorial de mi alma máter –¡tan venida a menos!– así como a muchos a los que aparentemente les canta sus frescas y no pueden ver a la tal “Cucuchi” ni en pintura (todos caviares). No tengo la menor idea de quién sea la “Tía Cucuchi”, pero según mi “par” (la librera) y mi “colega” (el periodista) soy yo, tan es así que le responden a “Cucuchi”como si se tratara de mí, con mi nombre y mi y apellido, cruzando la delgada línea de la difamación, pues levantarle falsos a una persona es un DELITO.

Ya en una columna aclaré (y como pocas veces rompí mi silencio en mi cuenta de Twitter en la que solo cuelgo mis artículos firmados) que yo siempre doy la cara cuando escribo, que no me escondo bajo ningún seudónimo ni que lo tengo, que no envío a nadie a escribir contra nadie y que no me interesa la vida ni de la señora que dirige el Fondo Editorial de la universidad privada venida a menos ni tampoco la del periodista acreditado en el Congreso por su canal de televisión, salvo, en este último caso, cuando me interesa comentar algún tema propio del QUEHACER DE LA PRENSA Y DE LA ÉTICA de quienes lo ejercen. Sembrarme un nombre falso –pese a mi desmentido explícito–, y a partir de ahí atacarme con mi nombre propio y dejar que con esa infamia los trolls que tienen por seguidores lancen la basura a la que están acostumbrados es un acoso político simple y llano.

Solo un tema final. El trasfondo de la mayoría de estos acosos políticos tácitos o explícitos es que yo escribo columnas contra adversarios “pagado” por el Congreso. A mí el Congreso no me paga por escribir columnas ni por dar entrevistas ni por asistir a dar mi opinión como invitado en programas de televisión ni por entrevistar a nadie. Eso lo hago en el ejercicio de mi libertad de expresión como ciudadano amparado por la Constitución y por convicción en lo que creo.

Yo he existido, con todo mi poder y esplendor, mucho antes de trabajar para el Congreso. A mí el Congreso, es decir, los contribuyentes, me pagan por hacer libros y eso es lo que hago desde hace dos años en los que bajo mi gestión se han publicado más de CUARENTA; se ha implementado la Colección Bicentenario del Congreso de la República; se ha hecho realidad el proyecto de la Nueva Colección Digital del Bicentenario de la Independencia (96 tomos hasta el 2021 ex colección por el sesquicentenario), se ha iniciado la investigación por veinte especialistas (muchos de ellos amigos de los antes mencionados)  de varias materias concernientes a la sociedad peruana que se plasmarán en un Libro de Homenaje del Congreso de la República al Bicentenario (Proyecto Libre y feliz por la Unión: 1821- 2021); se ha inaugurado la Librería del Congreso de la República, entre otros.

En cuanto al programa de entrevistas que conduje en el Canal del Congreso, siempre lo hice AD HONOREM, es decir, NUNCA COBRÉ UN CÉNTIMO. Siempre se invitó a diferentes protagonistas de la noticia y nunca se atacó a nadie, por más que las opiniones vertidas por algunos invitados hayan molestado a algunos personajes políticos más que susceptibles. Tampoco tuve nada que ver con la producción del programa ni elegí a los invitados. Y debo agregar que fue un gran honor y placer trabajar con todo el equipo de prensa y comunicaciones que es de primer nivel.

Y todo eso lo saben los periodistas, colegas y adversarios, a los que les llegan los libros como parte de la difusión de la cultura que tiene el Fondo Editorial. También hice y espero seguir haciendo un programa cultural para la difusión del trabajo del Fondo Editorial del Congreso.

La congresista Glave ha tenido suerte en que su caso de acoso sexual haya sido atendido por un juez y el presidente del Congreso. ¿Qué puedo hacer yo ante los acosos políticos de la señora María Luisa del Río, del periodista de “la mano zas” y de la tuitera jefa del Fondo Editorial de mi alma máter, tan venida a menos? Nada. Simplemente que el público saque sus propias conclusiones.

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