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Acoso en el Congreso

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Sobre los distintos modos de abuso de poder en el Parlamento y por qué los trabajadores se quedan callados. ¡Basta de que "otorongo no come a otorongo"!



La noticia que da cuenta de acoso sexual en el Congreso ha causado revuelo dado los presuntos implicados. Lo que se sabe hasta el momento es que la presunta agraviada es una periodista parlamentaria y que el presunto acosador es el congresista Yonhy Lescano. La agraviada indicó que si no dio en un principio ni su nombre (que hasta el momento se desconoce por voluntad propia y por motivos de seguridad) fue por el miedo y la vergüenza que esta situación implica, y ante el posible desamparo de las autoridades (refiriéndose al Parlamento).

El presidente del Legislativo, así como la presidenta de la Comisión de Ética y diversos congresistas se pronunciaron en el sentido de animar a la periodista a denunciar el delito, asegurándole que encontrará toda la ayuda legal necesaria porque “sujetos de esta calaña no deberían estar en esta institución”, según palabras del propio Daniel Salaverry. Esa invocación dio resultado y la periodista denunció al legislador.

Entiendo perfectamente el miedo y el recelo de la colega afectada en su honor, intimidad  y persona por el acosador. Sin embargo, el hecho relevante no es el nombre propiamente dicho –podría haber sido cualquiera– sino el cargo de poder que ostenta. Todos los trabajadores del Congreso, desde el simple auxiliar y pasando por los técnicos, profesionales y hasta funcionarios con cargos de confianza– saben el inmenso poder que tienen los congresistas más allá de los reglamentos de trabajo y recursos humanos, que supuestamente protegen los derechos de los trabajadores asignándoles y acotando los deberes propios de su función. Porque, vamos, cuando se trata de un congresista no hay reglamento que valga y, por el contrario, este termina jugando en contra del trabajador y a favor del parlamentario.

El congresista nunca aparece cuando exige, requiere o impone alguna gollería. Basta una llamada para que  la burocracia parlamentaria y los procedimientos normativos se pongan al servicio del congresista, dado el temor reverencial y a las represalias que tienen los empleados que saben cuáles son las consecuencias del abuso de poder. Algunos trabajadores se resignan a regañadientes a esos caprichos, otros simplemente se prestan solícitos y se convierten en cómplices para ascender y estar en buenas migas con el poder de turno. Son muy pocos los que dicen no o, como yo, que dejan sentado a sus superiores jerárquicos la información que le parece relevante que conozcan y sobre la que EL SUBORDINADO NO TIENE CAPACIDAD DE ELECCIÓN Y DECISIÓN.

Ante esos casos el silencio siempre ha sido la respuesta, por lo que se infiere que todo está de acuerdo a los usos y costumbres parlamentarios porque “así se hacen las cosas aquí” y todo está de acuerdo al reglamento. Por lo general, la maquinaria normativa y reglamentaria del Parlamento está diseñada para que los requerimientos antojadizos de los congresistas no dejen huella y la pita siempre se rompa siempre –si algo salta–por el lado más débil: el empleado. Por eso que la colega periodista no quiso en un primer momento decir nada. No obstante, la soberbia –que les confiere el cargo– de algunos parlamentarios es tal que se olvidan de la más mínima precaución y sucede lo que a la colega periodista objeto del acoso sexual.

Yo mismo he sido objeto de amenazas de otro tipo en el Congreso –directas y sin interpretaciones– por negarme a publicar, por ejemplo, la novela autobiográfica de autobombo de una persona elegida por la voluntad popular para ocupar una curul. ¿Acaso no es tan simple comprender que NINGÚN CONGRESISTA puede publicar UN LIBRO DEL QUE ES AUTOR a través del Fondo Editorial del Congreso porque eso es CONFLICTO DE INTERESES?

“¿O sea que tú decides si le publicas a un congresista? Quiero creer que ya no trabajas en el Fondo Editorial. Seré tu peor [email protected]”, me amenazó hace pocon alguien que precisamente ocupa una curul.

Dado mi rango y posición social –y el alto concepto que tengo de mí mismo– soy inmune a ese tipo de pachotadas intimidatorias vengan de quien venga por más congresista, ministro o presidente que sea. Mucho menos me importa lo que diga algún pasquín de medio pelo o las redes sociales. A mí lo que me interesa es que el personal de planta que trabaja conmigo pueda dar fe del profesionalismo con el que se aborda cualquier proyecto y la decencia y urbanidad del jefe para con cada uno de ellos, desde el auxiliar hasta el profesional, así como del mejor esfuerzo que uno pueda hacer para evitar las tropelías del poder dentro del marco de sus posibilidades. Creo que mi personal puede responder con creces sobre la buena fe y las buenas prácticas en nuestro centro de trabajo.

Por el contrario, sí me da rabia el abuso que sufren aquellos colegas y compañeros de otras áreas que tienen la necesidad de soportar estoicamente los abusos de poder, temerosos de las represalias. En buena hora que el presidente del Congreso y la presidenta de la Comisión de Ética se hayan pronunciado inequívocamente por el derecho de la periodista acosada –y con ella de todos los trabajadores del Congreso– a no sufrir más abusos de ningún tipo por parte de sus pares en lo que se entiende es una nueva política que destierre el vicioso “principio” de que “otorongo no come otorongo”.

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